jueves, 10 de junio de 2010

Aroma de mujer...

Capua, Ludus Maximus Verilius, 227 a.c.


La primera vez que los ojos negro sangre de Mantus vislumbraron a Iobbe, se encontraba atado a la fría pared de su celda de pies y manos. Como la bestia que era. Como el animal que todos proclamaban. El salvaje señor del Inframundo morando entre mortales.

En ese momento una garra atravesó el pecho de Mantus, la carne, el músculo y las costillas, buscando en el amplio tórax hasta encontrar aquello que había ido a erradicar.

Ningún mortal pensaría que dentro de Mantus existiría tal órgano. La leyenda clamaba que el cuerpo del gladiador se alimentaba del odio, de la sangre de sus victimas y del aire ponzoñoso del Averno.

Un corazón muerto.

Inhumano.

La garra apretó entre sus largos y afilados dedos el corazón. Apretó el músculo inmóvil, hasta arrancárselo del pecho.

Mantus inhalo fuertemente. Respiró el aire de la celda. El regusto de su propio sudor, agrio y fuerte. La humedad goteante de las paredes. La sangre renegrida. Los orines de la esquina donde se aliviaba. Las heces de las ratas que correteaban por el suelo.

Y a Iobbe.

El perfume de una mujer. Tan hermoso. Calido. Y extenuante. Los pulmones de Mantus trabajaban al ritmo de las respiraciones de un corredor. Arduas. Y dificultosas, queriendo insuflar el aroma de ella dentro de él, que recorriese todos y cada uno de los huecos de su cuerpo.

Menos el corazón que la garra soportaba en su palma.

Mantus volvió a ser un bebe. A encontrarse en la sima, perdido y solo. El hambre. La sed. Todo retornó a él.

Y la muerte.

Pero él no quería morir. Esta vez no. No aquí, ni en ese momento. No ante ella. No ante la visión de Iobbe clavada en sus ojos. Con el olor de la piel de ella en su propia carne.

Había sobrevivido a largas décadas sin corazón. Sin alma. Solo con sus manos y su cuerpo. Solo con lo que la vida le había dejado. Los Destinos le habían permitido vivir una vez. Y otra. Y otra. Tantas que había perdido la cuenta.

¿Qué podría hacer él para que esas brujas lo dejasen allí, en su pútrida celda? ¿Qué trozo de carne tomarían como pago para que él se quedase? Con gusto daría lo poco que le quedaba de humanidad, cada centímetro de piel, y cada litro de sangre de su cuerpo por ganar un segundo de vida. Una fracción infinitesimal.

Un relámpago atravesó su pecho. La garra portando el corazón arremetió de nuevo. Atravesó la piel, el músculo, las costillas, dejando su preciada carga en su lugar, pero esta vez… esta vez un órgano latiendo de vida.

De autentico poder.

La sangre rugió por las venas. El latido recorrió el cuerpo atado perfilando cada músculo del gladiador bajo la piel. Un arma potente tan afiliada como el gladius que empuñaba en la mano.

Iobbe. Su alma.

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