Prologo.
1812, a las afueras de Londres.
Las sombras envolvían el Pabellón de Caza, ocultando la pequeña estructura entre el follaje de los aterciopelados árboles. Dentro, ni el mas leve rumor se escuchaba desgarrando la oscuridad, con los lamentos fantasmagóricos de la muerte. De la boca de la victima, completamente abierta no escapo ningún sonido, solo la vidriosidad de los ojos del hombre demostraron los últimos pensamientos del cadáver. Incredulidad. Pasmosa negación.
La sangre manchaba sus dedos cubriendo el dorso de las manos con la tonalidad rojiza llenando el aire con el aroma propio de la sustancia vital. El puñal, enterrado completamente en el vientre, brillo ladinamente plateado pretendiendo hacerse participe y no solo un simple instrumento mortal.
El cuerpo cayo hacia atrás, rompiendo el silencio con un fuerte y estruendoso golpe en el suelo, amortiguado por la seductora alfombra Aubusson. En la oscuridad, la figura erguida emergió como si la misma Muerte hubiera tomado forma humana. Los ojos del cadáver se clavaban fijos en la negra silueta, preguntando silenciosamente: ¿Por qué?
Una mano enguantada tomo el mango del puñal extrayéndolo de las entrañas todavía calientes. La sangre brotó formando un charco en el suelo destrozando la magnifica alfombra Aubusson.
Una nueva silueta se unió a la escena rocambolesca, disfrutando del momento, sin dejar de regodearse con la desdicha de la victima. Los ojos le brillaban con maldad incluso en la oscuridad, libres de la cárcel de mentira donde se veían confinados. Lentamente se acuclillo en el suelo, mirando el cuerpo inerte.
Álgido y emocionado acerco su boca a la oreja de la victima. Un susurro emergió entre los dientes, la putridez del estomago se vertió en una sola frase.
- Voy a acabar con todo lo que creaste. – Los labios rozaron la suavidad de la piel, fría al tacto y un estremecimiento de deseo recorrió todo el cuerpo, llenándolo de un poder inusitado. Una pequeña erección se perfilo en los pantalones ajustados y perfectamente cortados para la esbelta silueta. Y ardió con el deseo de enterrarse en un cuerpo caliente y húmedo, y correrse en un estremecedor grito.
Porque así se sentía. Poderoso. Y libre. Por fin.
Se irguió para acercarse a la esplendida licorera que en una esquina de la habitación esperaba ser utilizada. Que despropósito, perder un escocés tan selecto, pero el fin justificaba los medios. Cogió una de las botellas de cristal que contenían el líquido ambarino y la estrelló contra una de los cortinajes que tapaban la galería principal. El licor mancho el tejido color borgoña, el suelo y parte de la pared difamando las superficies con suaves gotas ambarinas.
El aroma del rico whisky inundo sus fosas nasales, apreció un fuerte toque de madera, oscuro y especiado. Otra botella, estaba vez de coñac, decoró otra parte de la habitación. Una tras otra las botellas de la licorera desaparecieron en unos pocos segundos, disgregándose en pequeños trozos de cristal y en charcos de potentes licores al golpear sin conmiseración contra cada mueble, pared o librería.
El olor alcohol y sangre, le calentó los sentidos, deseando estar entre los tiernos muslos de una mujer. Solo faltaba la guinda del pastel. Una pequeña y suculenta guinda roja, como la sangre que teñía el suelo.
- ¿Ahora?- la voz del otro hombre atrajo su atención. Se había olvidado por completo de su mano ejecutora, en ese momento de éxtasis. Ni un por instante soñó que fuera tan fácil convencer a esa cucaracha rastrera de que la solución a todos sus problemas sería acabar con una vida.
- Ahora, a disfrutar de los frutos de un buen trabajo – dijo encendiendo una vela. Con un suave movimiento de la muñeca, la llama prendió la habitación ayudada por el alcohol, al tomar contacto con las superficies húmedas y manchadas.
Un fuego ardiente envolvió las cuatro paredes, del suelo al techo. Las llamas comían con rapidez pasmosa las cortinas borgoña, los libros diseminados, las maderas nobles, convirtiendo una simple habitación en un infierno llameante de lujurioso y asfixiante calor.
¿Ahora? La libertad. El poder. Y la destrucción.
- Antes de que acabe el año, la tendrás en tu cama calentándote las sabanas y procurándote todo el placer que puedas extraer de ese cuerpo sin ningún tipo de atractivo- afirmó. Y él seria enormemente rico.
La oscura figura distorsionada por la gran capa que lo cubría, asintió. Al momento se vio solo ante el ardiente calor, las llamas calentaban su rostro. Pleno, abrió los brazos sintiéndose un Dios ante la inmensidad flamígera, como si fuera el poseedor del Fuego del Infierno y tuviera la cualidad de moldear las llamas entre sus manos.
Echo un último vistazo al cuerpo que yacía muerto, quieto y frío. Se sentía pletórico. Lleno de vida y fuerza. Espero verte en el infierno. Con un saludo de despedida abandono el Pabellón silenciosamente, a su espalda dejó los lamentos de la madera chisporrotear, los quejidos de las paredes crujir y los suaves susurros de la desintegración completa del edificio.
Pasarían horas antes de que encontrasen el Pabellón ardiendo con los rescoldos del temible fuego que devoraría la estructura de piedra y madera. El pequeño palacete se encontraba abandonado de toda civilización, alejado y misterioso, era el retiro espiritual para su difunto propietario. Sin servicio ni ningún tipo de criados, testigos de lo que había sucedido. Un plan majestuosamente orquestado por una mente perversa. El regusto de la libertad tan fácilmente ganada se transformo en ambrosia en su boca. Dulce y sabrosa.
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