Etruria, 240 a.c.
Lucumus de Caisiri.
El nacimiento de una nueva vida al mundo, siempre era un regalo de los Dioses. Un acontecimiento de dicha y alegría. Gritos de júbilo. Lagrimas de felicidad. Buenas intenciones. Y deseos concedidos.
Pero en el nacimiento de Mantus solo hubo silencio. Un eterno mutismo.
La noche de la venida del recién nacido. No hubo gritos. Ni llantos. Ni regocijo.
No se regaron las gargantas con un fino vino. Ni corrieron exquisitos manjares entre los presentes. Tampoco las buenas nuevas, ni siquiera los apretones de manos entre los varones felicitando al nuevo padre.
Silencio.
Un aplastante mar de silencio.
Rasgado por un cortante filo de dolor. El grito de la muerte desgarrando las estancias de la pequeña villa del lucumus de Caisiri.
Porque lo primero que los ojos de Mantus vieron al nacer, no fue la dulce faz de una madre. Ni el rostro orgulloso de un padre. Ni siquiera la arrugada cara de la partera.
No.
Solamente el destellante filo plateado de un puñal clavándose en una mujer. Su madre. Y el grito:
“Puta, ese no es mi hijo…”
Cada pequeño segundo se grabo en los ojos de Mantus. El puñal. La carne abierta. Cada pequeña porción de tiempo se reflejó en los ojos negros, teñidos de sangre. Ahí donde el blanco tenía que ser blanco solo había negrura. Y esa negrura era dividida por ríos de sangre tan roja como la vertida por su madre al lecho.
Esos ojos no eran los ojos de un humano. Ni de un bebe. Eran los ojos de la muerte. La muerte que recorrió con su esquelética presencia las estancias del lucumus.
Mantus nació a este mundo, desnudo, cubierto de sangre. Y fue abandonado de la misma forma en la sima mas profunda de Etruria. Y todo envuelto por el silencio.
Mantus no emitió sonido alguno. Ningún gesto. Ningún movimiento. Solo sus ojos permanecían atentos a su entorno. A todo lo que le rodeaba. Era un bebe sin nombre ni futuro. Ni pasado ni presente. Algo que entendió con el paso del tiempo y cuanto mas nítidos se hacían los recuerdos en su cabeza.
Él había nacido. Su madre había muerto. Y su propia familia le había descartado para que la visión de Mantus desapareciese sin dejar rastro.
Silencio.
Mantus no protestó. No pudo hacerlo. No gritó. Sus ojos recién nacidos observaron la oscuridad. La sima húmeda donde le habían dejado. El hueco que sería su tumba.
Sus ojos negros y rojos se clavaron en la noche profusa cuajada de estrellas que iluminaban la sima. Sus ojos ardieron de hambre. De sed. Y de la boca de Mantus, silencio. ¿Qué podía entender un recién nacido? Él buscaba a su madre, un pecho rebosante de leche. Pero ahí no había nadie, ni nada. Solo la tierra húmeda. Solo las raíces de los árboles. Solo las piedras.
Le habían abandonado para que muriese.
Pero Mantus sobrevivió. A esa noche y a muchas mas.
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Que bruta mujer... mira que vida más perra le ha tocado vivir al pobre T_T
ResponderEliminarA ver si le das alguna "alegría" de las que tan bien te salen (al escribir, se entiende) y le animas la existencia (*_*)
:-*
DOLORS
YA YA... tu lo que quieres es CAMBOYA no??? jajajajaja...
ResponderEliminarClaro! quien no le gusta saltar a comba?
ResponderEliminar;P