lunes, 3 de mayo de 2010
Mantus... LA LEYENDA,,,
Capua, Ludus Maximus Verilius, 227 a.c.
El goteo incesante del techo hería la piel con el cortante filo de un gladius. Desgarraba la carne hasta encontrar el hueso oculto, frío y tumefacto.
Esclavo.
Bestia mas que humano.
El Ariete de la Muerte, encadenado con recios grilletes para controlar al animal. Al salvaje asesino hambriento de sangre. Nada más que un hombre entre esos muros. Un Dios en la arena. Mantus, resurgido del Inframundo.
Una de sus manos se movió en el aire, una silenciosa petición a la hermosa luz de esa prisión de piedra y sangre encarnada en mujer. Una esclava como él. Encadenada por un plateado collar a su domina.
La noche antes del combate ella era enviada a él para ensalzar su sangre de lujuria. De lo prohibido para la bestia. Porque ninguna mujer acariciaría a un animal cubierto de sudor, barro, arena y sangre de sus victimas.
Cerró los ojos con dolor ante la exquisitez encogida en la esquina más alejada, junto a la enrejada puerta. Una noche más de desear lo imposible. Verse liberado de esas cadenas y envolverla con sus brazos. Protegida. Amada.
Libres…
De sus agrietados labios surgió un ronco ruego. Un eco del Infierno. Devorado por el apetito de verse reflejado en sus ojos entendió que al día siguiente, volvería a matar. A desgarrar a sus oponentes ante la expectación de miles de ojos que gritarían su nombre hasta perder la voz. Mantus. Mantus. Mantus. La sangre le cubriría como una capa. El sufrimiento de hombres tratados como bestias. De bestias hechas hombres para aniquilarse entre ellos en un juego sin fin de poder. Pero él lo haría una y otra vez. Tantas como hiciera falta, para tener este momento con ella. Verla. Sentirla. Olerla.
Amarla.
Porque una bestia también tenía un corazón. Escondido entre pliegues y pliegues de carne. Oculto para que nadie pudiera extirpárselo del pecho. El único órgano de su cuerpo velado de cicatrices que lo tornaba humano. Jamás un animal. Ni una bestia.
Mañana tomaría el gladius entre sus manos cubiertas de sangre, con ansia. Con devoción. Un fervor que daría aliento a sus brazos y piernas. Un calor que tomaría posesión de su torso. Abriría el Averno bajo sus pies y enviaría a las almas de sus adversarios a caminar un viaje de no retorno por el río Estigia. Sobrevivir. Con el cuerpo decorado de heridas que se curarían con el tiempo. Con el espectro de la muerte a sus espaldas.
Con el corazón intocable para ella.
Porque, por mucho que sus amos lo enviasen a la muerte, por mucho que lo encaminaran a una ejecución inminente, él, la bestia, Mantus, tornaría del mismo abismo para tener este tiempo con ella.
El sonido del suave deslizar de unos pasos por el duro suelo le trajo la dulce letanía del cuerpo de la mujer, el cadencioso movimiento de las caderas bajo el basto tejido del vestido de una esclava, la maravilla blanda de sus pechos al oscilar libres. Él vivía para ese instante. Unos segundos acuosos que se transformarían en una noche eterna contemplando su belleza. Con dolor. Paladeando su miedo. Un terror que se clavaba en sus entrañas hiriendo la carne, como si el látigo de las Furias en el Tártaro golpease su espalda pecadora. Estaba condenado. A una eternidad amándola. A una inmortalidad solo.
El roce de una pluma tocó su mejilla. Imposible. De nuevo, suave, lento y cálido. Un ardiente toque. Un fuego llameante lo recorrió. Abrió los ojos. Las retinas se expandieron extasiadas, deslumbradas.
- ¿Lo harás por mí? –La delicada voz emergió de esos tiernos labios-. ¿Subsistirás…?
La silenciosa respuesta brotó de los ojos de Mantus para ella. Haría cualquier cosa por ti. Su grotesco nacimiento en ese mundo le había condenado a una vida en silencio. Era mudo desde el primer momento que vio la luz del día. ¿Cómo expresar que su alma estaba perdida y moraba en tinieblas pero que su corazón era de ella, sus Llanuras Eliseanas? Una oportunidad para volver al mundo de los vivos.
Esos bellos labios se apoyaron en la boca de Mantus. Acariciaron. Lamieron. Y sanaron cualquier herida infringida. Y él bebió como un sediento. Un anhelante hombre. Jamás una bestia.
- Mantus, Dios del Inframundo… -ella rozaba sus labios con el aliento de las palabras susurradas– Gladiador entre gladiadores. La arena ovalada del Coliseum es tu trono. Tu gladius es el cetro de un rey enviado a regir entre animales. Tu coraza, el símbolo del carnero, Ariete de la Muerte, es la vestimenta un guerrero ungido en sangre…
Las manos calidas y callosas de la mujer recorrieron el magnifico pecho esculpido. Los valles, planicies y elevaciones de músculos, cincelados por arroyos de cicatrices que embellecían ese cuerpo ejercitado para la muerte.
- … te he contemplado en silencio. Cada noche. Cuando descansabas…cuando me amabas con tus ojos…cuando tus manos acariciaban el aire y no era yo. Te he temido más allá de la razón… –los dedos labraron cada silaba en la piel del gladiador, a fuego.
Bestia.
Del interior de Mantus emergió una calidez que investía de vida cada hueco de su ser. Que dignificaba cada muerte que él había arrebatado con sus manos. Los brazos delicados y a la vez duros del trabajo, le envolvieron. Le arroparon en esa fría noche.
- … he odiado cada fracción de tiempo en esta prisión…
El cuerpo suave y compacto se elevó amoldándose a la inmensa envergadura del gladiador.
- … y aún así, has vencido sin necesidad de tu gladius. Solo con tus ojos. Con tu silencio.
Los ojos de la mujer se prendieron en la mirada de Mantus. Expresando sin palabras un océano de sentimientos.
- … mañana tomarás en tu mano la espada y el escudo. Pisarás con orgullo la arena dorada manchada de la sangre de tus oponentes. Y lo harás… sobrevivirás… para mí.
La mejilla de Mantus descansó en la cabeza reposada sobre su pecho.
Por los dos. Sobreviviría por los dos.
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Ohhhhhhhhhhh xD! que intenso!!!
ResponderEliminarMantus. Mantus. Mantus!!!!!!!!
Dime que la historia continuará xfissss, tienes que darnos más detalles de sus "encuestros" ;-D
BSISSSSSSSSS
DOLORS
me alegro que te guste¡¡¡ guaparrrrr¡¡¡sip tiene seguimientooooo... muaks
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