lunes, 24 de agosto de 2009

lameme...

El miembro era un tajo ardiente que se agitaba sobre los potentes muslos del macho. Con vigor clamaba. Con ansias pedía. Liberar su simiente sobre las piedras de la prisión. Pero la boca untosa que lo lamía con suavidad y total apreciación, sin dejar ni un solo recoveco de la piel en ser lavada, no quería indultarlo.
Tortura. Cadenas de aleación constreñían los músculos.
El sudor recorría el cuerpo desnudo a merced de la mujer que jugueteaba con la polla del macho. Como un caramelo. Lamía, chupaba y sorbía. Toda la piel. Todo el músculo pujante. Con ardor. En lubricidad. Mojando los tiernos pliegues. Besando la cabeza hambrienta. El orificio oloroso vacío.

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