DIAVOLO
Venecia, 1745.
1º parte: LA GÓNDOLA
El monstruo renacía.
De la oscuridad. Odiado por él. Temido por todos.
Resurgía de entre las insidiosas entrañas de su cuerpo. El dolor. El hambre. Por la carne de una mujer suave y sumisa. Lacerante. Desgarrador. El control desaparecía lentamente en la noche, hora tras hora, corroía con ardor llameante su mente, una y otra vez.
Fiebre. Sudor. Latidos fuertes y rápidos. Jadeos contenidos.
Su respiración silbaba entre sus dientes apretados, las quijadas parecían romperse por la presión para impedir que de su garganta brotasen los ecos del inframundo. El engendro del infierno moraba dentro de él. Dormido. Latente. Bajo la piel fría de su ser. Ahí debajo, como un vil cazador, permanecía, oscuro y siniestro, esperando el momento de salir. Una bestia cruel, ávida de sangre, carne y deseos que dormía bajo el control férreo de su mente. Pero en ocasiones la más leve herida en la superficie provocaba que la fiera enseñase sus colmillos brillantes. Y el hambre comenzaba.
El despertar no era más que la capitulación de su mente frente a sus instintos devoradores. Doblegarse al deseo. Mitigar el ansia corrosiva. El dolor persistía, un tormento inimaginable que devoraba todo a su paso hasta la desdicha.
El monstruo clamaba. Aullaba dentro de él. Como un ser vicioso se desplazaba por su piel en ondas ardientes, rugiendo por su boca al exterior. Revolviéndose para tomar el mando.
Cerró los ojos doloridos por la luz. Las llamas del fuego lo habían convertido en algo indigno de ver. Un ser deforme, despreciable, un animal que se desplazaba por la sombra. Un ser al que nadie podía amar. Y menos acariciar.
Apretó los puños con fuerza. No había salida. Tenía que apagar el hambre de la única forma que sabia...
— Traedme una mujer... —rugió a la oscuridad del habitáculo.
Palacio Acqua Nera.
—Francesca, trae la capa y que sea rápido —dijo leyendo la nota con mano temblorosa. Las palabras bailaban en sus ojos burlándose de ella. «Por fin». Quiso gritar de emoción, pero la contención, durante años aprendida, mató cualquier vestigio de alegría. Pero por dentro bullía, afiebrada; la gloria de ser acariciada de nuevo. De sentir los latidos acompasados de un corazón en la agitación del roce de las pieles. Era una oportunidad para cambiar su destino tras cinco largos y estériles años, y no iba a desaprovecharla. Maldita ella, así fuera. Maldita por amar.
—Mi señora no podéis ir —dijo la sirvienta—, no podéis, es un diavolo... es la encarnación... —La mano de la criada formó el símbolo de la cruz en su frente—. Es un animal...
—He dicho que traigas la maldita capa. —La autoridad en su voz no dejo cabida para más contestaciones reprobatorias. Ella era la señora de esa casa y como tal debía ser obedecida. Era una dama. Una condesa, cuyo linaje se enraizaba como tantos en un lejano pasado de sangre azul. Miró el trazado de sus venas bajo la piel de su muñeca derecha. Su sangre acelerada por los deseos recónditos de su cuerpo. Se acercó al fuego de la chimenea, miró por última vez la nota antes de echarla al fuego. Consumida por las llamas sólo quedaron las cenizas, un rescoldo rojizo... muerto por sus manos, con sus palabras y con la pasión de su cuerpo que ella había intentado acallar, ocultar en lo más profundo de su corazón. Pero este era el momento de cambiar las cosas. Sus manos comenzaron a soltar las horquillas de su pelo.
—Él quiere una puta esta noche —dijo con voz deseosa—. Yo seré esa puttana.
El Gran Canal.
Apretó entre sus dedos la capa que cubría su cuerpo. La capucha ocultaba su rostro. Sus ojos se adaptaron poco a poco a la oscuridad. La góndola, recortada en la noche, enorme y solitaria, se movía lánguidamente sobre el agua oscura del Canal.
—¿Es ella? —Una voz surgió de la noche.
— Sí, el amo pidió una ramera para esta noche.
—Entonces que entre ya... Él ruge como una animal herido.
Fue empujada hacia la góndola sin consideración ninguna. Trastrabillo sobre las tablas de la embarcación. La plataforma acuática, ancha, se extendía debajo de sus pies hasta acabar desapareciendo bajo las cortinas aterciopeladas color borgoña que ocultaban el privado habitáculo a la vista de todos. Lujurioso. Dominante entre las tablas de madera. Un rugido brotó de la profundidad del terciopelo. Paso a paso se acercó, su mano temblorosa y blanca en la oscuridad rozó las cortinas. Blanco contra el rojo sangre del buen vino. Cerró los ojos, sus dedos apretaron la tela con fuerza. Debía... « ¿Qué?... ¿Huir? ¿Y seguir cinco años más en esa misma situación?»
Constanza Demontre, no era virgen pero desconocía lo que era tener un hombre entre sus piernas. Una mujer abandonada justo después de su noche de bodas. Una mujer que no había gozado del movimiento convulso de un hombre en su interior. Una mujer insatisfecha por su propia culpa. Una mujer que, ansiosa, espera a su amante. ¿Quería seguir siendo esa mujer? No, maledizione, quería ser una mujer completa. Ya no más soledad en las interminables horas de la noche, ya no más frías sabanas en su cama. Quería calor, piel contra piel, sudor recorriendo su lascivo cuerpo..., quería..., sentir el fuego de las llamas consumiéndola.
Arrastrada por la fuerza de su deseo atravesó las cortinas de la carroza acuática con el corazón en un puño. Las cortinas se cerraron tras ella. Un movimiento sinuoso bajo sus pies, atrajo su mirada. ¿Una serpiente del infierno que venía a devorarla? No, tan sólo el deslizamiento sutil de la góndola por el agua. Se estaban moviendo por las aguas oscuras del Canal. Seguramente sin destino aparente y ahí estaba ella, sola... Con él. Con el diavolo.
El monstruo olfateó. El aroma sutil de una hembra. El temor y el deseo compaginado con el perfume cálido y sedoso que brotaba de entre sus piernas. Se relamió los labios, los dientes brillantes. Sus fosas nasales atraparon el perfume glorioso de una hembra nueva.
—Maledizione, tú no eres Lucille. —Su tono áspero y las roncas palabras penetraron en la piel de Constanza.
—Mi señor, ella no podía acudir a vuestra llamada —su figura oculta por la tela de la capa se inclino sumisa—, y en su lugar… aquí estoy yo para complaceros en lo que deseéis.
Constanza parpadeó. Oscuridad absoluta. La voz —de él— parecía provenir de cada una de las esquinas, multiplicada por su varonil existencia. Enardeciendo su piel con la lascivia y el calor de sus palabras.
—Lárgate. —Ronca, cruel, cada silaba se clavó en el corazón de Constanza.
El roce de una corriente de aire caliente, una llama delicada oculta en un brasero de hierro... una vela solitaria alumbrando la estancia.
Sus manos masculinas de largos dedos, el sinuoso trazado de sus venas bajo la piel dorada que se mostraba bajo la luz delicada. La palmatoria fue abandonada en una pequeña mesa de cristal veneciano. La estancia era rica, opulenta, y... era lujuria pura. La exquisita mesa, el brasero y una enorme cama con sabanas de un rojo profundo, cojines aterciopelados tan negros como la noche. Pero lo que verdaderamente atrajo su mirada, lo que cautivo sus sentidos fue el diván con respaldo. Su cuerpo grande, ancho, oscuro, recortado contra la tela roja y negra del diván. La vela tan sólo iluminaba sus pies calzados con botas brillantes de media caña, sus muslos musculosos bajo la tela impúdica del pantalón, sus manos. El resto permanecía en la oscuridad de la estancia. Inamovible, inhumano, totalmente animal.
Algo golpeó a Constanza en el pecho y cayó con un sonido metálico sobre las tablas de la góndola. Se agachó para recoger la bolsa con monedas, el pago por sus servicios.
—Márchate. No quiero que una puttana nueva me complazca. —Había dolor en su voz—. Lárgate... y tráeme a Lucille. El animal podrá aguantar su hambre de carne humana.
El corazón de la mujer dejó de latir por un segundo.
—No. Por favor... mi señor. —Constanza cayó suplicante de rodillas, su frente tocó las tablas de madera del suelo, mientras que sus manos agarraban con fuerza el pesado saquito de dinero—. Me castigaran..., me golpearan. La Meretriz es brutal cuando no complacemos a nuestros clientes. ¿No lo entendéis? No podéis devolverme sin cumplir con mi trabajo.
— ¿Y crees que eso me importa lo más mínimo? —No había ni un ápice de bondad en esa voz caliente, impúdica.
—Mi señor... —Constanza se incorporó ligeramente sobre sus piernas. Retiró la capucha de su cabeza mostrando su rostro—. Puedo complaceros, puedo ser lo que deseéis, hacer lo que queráis...
— ¿Complacer a un animal? —La pregunta era doliente, brutal en todas sus posibilidades. Era como la muerte.
—Hasta al mismísimo diablo. —No había otra respuesta. Porque el hambre oculta bajo su piel latía...
Su rostro era una puñalada en pleno pecho. Un rostro de Madonna. Su pelo negro ondulado enmarcaba una piel de alabastro, blanca, pura como el agua; una nariz pequeña, una boca roja, delicada, carnosa... una boca hecha para lamer; una barbilla levemente obstinada y ¡ah! unos ojos…, negros, almendrados, de largas pestañas, que lo llamaban a hundirse en ella. El monstruo que portaba en su interior bramó por probarla entre los delicados pliegues de su sexo, de los que, como la vitta, brotaría el flujo viscoso y aceitoso de su esencia femenina. Su polla reaccionó como nunca en mucho tiempo desde el primer momento en el que el olor de ella había penetrado por sus cinco sentidos. Una reacción que tan sólo había sido provocada por una mujer con anterioridad..., aquella que «pertenecía»... a él. Pero tan intocable como el paraíso. Ella lo había despreciado, humillado, vejado... Él era un monstruo, el animal que todos proclamaban. Él inducía al terror. Su rostro marcado a fuego era el infierno.
Constanza tomó la única vía posible. Con dedos temblorosos desató el nudo de la capa y mostró su cuerpo. Se irguió todo lo que pudo sobre sus pies. Piel. Tan sólo piel. Su piel blanca. Un vestido de puttana, habría constreñido la decisión de seguir el dictado de su corazón. Y la única elección posible había sido únicamente su propia piel para atraerle.
Piel blanca y suave. Sobre huesos largos y delicados. Hambre voraz tras las fauces. Su mirada recorrió la extensa blancura del cuerpo de la mujer. Sus ojos atraídos por la perfección sin mácula de esa piel que él quería probar. Succionar. Lamer. Los pezones rosados, enhiestos, picudos apuntando hacia él. El vello negro que rizosamente velaba sus labios vaginales, su clítoris rojo encendido, el hueco donde la cabeza de su miembro atormentaría la carne.
—Bien, abbastanza... claudico ante tu hermosura. —Sus dedos la llamaron en un movimiento tan masculino como él mismo, un tenue mandato en el aire cargado—. Ven y muéstrame cómo vas a complacerme.
Ni un sólo músculo se movió. Paralizada, sus pies no reaccionaron a su orden.
— ¿No, bellezza? —Él bajo la mano. Olfateó el aire—. El miedo es una poderosa arma, que se clava en la carne hasta rasgarla.
Ella cerró las manos en los costados de su cuerpo desnudo. El miedo y el terror a lo desconocido habían marcado hasta ahora su vida. Pero ya no más. Ya no. Quería conocer el cálido roce de unas manos, el cálido roce de un cuerpo tan desnudo como el suyo, el cálido roce de una boca, el cálido roce... de él.
—No, mi señor. —Sinuosa como una gata, como el Canal por el que discurría la góndola.—. Sólo estoy deseando complaceros con mi carne.
—Entonces, primero complaceremos ese cuerpo que tienes. —Constanza fue golpeada de nuevo pero esta vez por uno de los grandes cojines negros de la cama—. Fóllate. Llévate al gozo ante mis ojos… y me complacerás.
Ella trago con fuerza la saliva atascada en su garganta. Sus pezones se endurecieron.
—Tócate, desliza tus dedos entre los pliegues de tu sexo. Muéstrate.
La piel de Constanza era un puro hervidero de sensaciones pecaminosas. Todo el vello de su cuerpo estaba erizado. Entre sus muslos corría un reguero de lava liquida. Y de su carne un pulso constante, el dolor del deseo. Lo que él le pedía no era otra cosa que pecado, una tentación. Cayó sobre el cojín aterciopelado.
Su trasero desnudo sobre las tablas suaves de madera, su espalda completamente apoyada en el negro cojín. Levantó sus brazos mostrando el leve vello que tenía en las axilas. Negro y piel lechosa.
Él gimió. Una de las manos masculinas frotó la bragueta de su pantalón, intentando calmar a la bestia rugiente que había debajo. Era puro fuego. Ella era pura carne blanca contra el oscuro terciopelo, salpicada de negro vello que resaltaba la blancura de su piel. El negro de sus ojos brillaba como un crisol en la noche.
—Aparta tu pelo, bellezza, muéstrame tu rostro.
Constanza Demontre, Countess de Demontre, apartó su pelo del rostro y abrió las piernas para él. Se acomodó sobre el terciopelo, su trasero se movió sobre la madera del suelo de forma incitante. Apoyó las manos en las rodillas. Con delicadeza las deslizó por la piel interna de sus muslos hasta su coño para volver a sus rodillas. Sus pechos se alzaron con su respiración. El vientre tembló al toque de sus dedos en su propia piel.
—Imagina que son mis dedos los que te tocan. Son fuego sobre tu piel caliente. Son el ardor que brota de tu coño húmedo. —Esa voz se internó en sus tejidos. Ardorosa. Con el calor rico de su tono. Con la crueldad de su sonido.
Constanza suspiró entrecortada. Sus dedos ascendieron de nuevo por la cara interna de sus muslos temblorosos, cálidos y aterciopelados. Las puntas de sus dedos recorriendo la piel interna suave, hasta el nido de rizos negros. Sus piernas se abrieron más, recogidas contra las tablas de madera. Se abrieron a la mirada masculina. Ella lo miró excitada.
Él seguía oculto por las sombras, tan sólo iluminada su parte inferior. Una de sus manos masculinas tocaba impúdicamente su miembro sobre la tela. Sobaba. Ella sintió el anhelo de que esa mano perfectamente creada se introdujese dentro de la tela. Gimió arqueando su blanco cuello.
— ¿Gozas, hermosura? Abre tus pliegues aceitosos y metete un dedo. — Excitado, abrió los botones de su bragueta. Metió la mano, tocando su polla. Su cuerpo se convulsionó contra el diván. Una leve película de sudor cubrió su frente.
Ella obedeció. Sus ojos negros se clavaron deseosos en la bragueta abierta del hombre. Con una de sus manos abrió sus labios vaginales, rojizos y brillantes ante la luz tenue de la vela. La otra mano culebreó por sus pliegues hasta introducirse un dedo. Constanza sintió el leve estiramiento de su carne, su vulva contrayendo sus paredes contra el dedo. Estaba apretada, húmeda y cálida. Estaba ardiente y cremosa. De su sexo emanaba un leve aroma lujurioso. Almizcleño de la carne ardorosa. De su boca roja surgió un quejido doloroso. Su cuerpo se arqueó contra el cojín en carnal sumisión.
—Cara, metete otro dedo. —Él se frotó la base de la polla con un movimiento giratorio sobre el tronco venoso henchido por la sangre, turgente—. Ábrete más, que pueda ver tu agujero dispuesto... como boquea en la succión de tus dedos... así...clávatelos bien fuerte.
Constanza escuchó más que vio, la carne del hombre contra su mano. El movimiento de mano sobre su sexo. Su boca formó un lamento al meter entre sus pliegues otro dedo. Lubricados, los sacó de esa cueva de carne ardiente, y con fuerza los clavó dentro de sí. Las uñas rasgaron levemente la tierna piel de la vagina. Las caderas se alzaron con hambre. Las paredes de su vulva se contraían sobre los dedos, apretaban con fuerza para luego volver a soltar. Convulsas. Con ansias. Las ondulaciones internas llevaban a Constanza al límite de sus fuerzas.
—No, sensual lasciva... ahora no es el momento de que te corras. —Esa voz la tocaba, de forma gloriosa recorría su piel con el ardor de la pasión—. Maneja la situación..., aprende el ritmo pausado del amor... lento..., suave...
Ella imprimió a sus dedos la misma velocidad que la voz prometía. Lento..., suave...
—Ábrete... más... —dijo él. Las piernas femeninas abandonaron cualquier pose, la planta del pie en pleno contacto con el movimiento de la góndola sobre el agua—. Tu coño se estira pidiendo más... me quiere dentro.
Con dolor contenido, Constanza claudicaba sobre el terciopelo. Sus dedos entraban y salían con suavidad, entre los estrechos labios vaginales, escurridizos y mojados.
—Podría meterte un puño dentro y tu precioso centro se amoldaría perfecto. Piensa en mi polla, dentro de ti, abriéndote...
La voz masculina pulsaba las fibras que los dedos de la mujer no llegaban a pulsar. Pensar en un puño dentro de ella era fulminante, gimió ante la idea. Su vagina pidió más. Aceleró el movimiento de su mano. Metió otro dedo más. Las paredes de su vulva se acoplaron a un volumen mayor. Sus pequeños dientes blancos mordieron con fuerza su labio inferior. Con cada vibración, las caderas tomaban contacto con el suelo, rebotaban y volvían al alzarse. Gemía entrecortada. Y sus propios dedos infligían una velocidad vertiginosa.
—Pruébate, cara...
Constanza obedeció inconscientemente, sacó sus dedos y los llevó a sus labios. Abrió la boca y probó. Chupó con ardor su sabor. Dulce y picante. Una combinación prodigiosa. Su coño sollozó anhelante, antes lleno de su mano tortuosa dentro de los tejidos hambrientos, ahora vació, dilatado para la penetración. Su boca vaginal clamaba por más, parecía hablarle al aire. Gritaba gimiente porque algo la llenase de nuevo. Sí, llenarla. Un cántaro hueco... sediento.
Posesa, tapó con su otra mano toda la extensión de su coño ante la mirada masculina. Entre sus dedos el vello negro y el brote que formaba su clítoris henchido de la cuna vellosa. La mano de su boca se deslizó dejando un reguero de saliva y flujo por su cuello hasta sus pechos. Se acarició en círculos uno de los senos.
—Mi señor, son tus manos las que me tocan. Son tus dedos los que han estado dentro de mí. —dijo ella de forma gloriosa. Tras cinco años de hambre absoluta por la carne humana, por su propia ignorancia, por su propia mano temerosa, tenía mucho en su interior guardado y esa noche seria la revelación de sus sentidos a la posesión de un hombre. De ese hombre—. Deseo tocaros como lo hacéis vos, deseo tocar vuestro tronco entre mis dedos...
La bestia que aguardaba acechante bajo la piel, mostró sus colmillos hambrientos. El rugido nació de su pecho y brotó por su garganta lacerando los tejidos a su paso. Levantó su cuerpo del asiento del diván, los pantalones pegados a su piel sudorosa bajaron de un tirón por sus caderas hasta los muslos. Su polla se irguió en toda su magnificencia. Orgullosa, tiesa, clamando como un garrote en el patíbulo por la carne de mujer. Olor de hembra. Caliente. Olorosa esencia del cuello uterino de la mujer. Mezclada con el ansia, con el leve efluvio del sexo insatisfecho. El celo de una mujer por un hombre.
Su mano masculina acarició su polla. De arriba abajo, de abajo arriba. La piel de su prepucio se estiró y se contrajo sobre la suave cabeza amoratada.
—Acaríciate de nuevo, abbastanza. Son mis dedos en ti. Como los tuyos están en mí —dijo él en la noche—. Muéstrame como gozas...
Ella se pellizcó el pezón mientras introducía de nuevo uno de sus dedos entre sus piernas. El dedo gordo tocó su clítoris de forma acariciante presionando levemente. Arqueó las caderas con hambre. Dio a su mano el movimiento de bamboleo porque era eso lo que su cuerpo le pedía. El bamboleo de la góndola sobre las aguas negras del Canal. Y como tal movimiento, su dedo acariciaba el clítoris de arriba abajo, estirando la carne hasta el límite mientras que su otro dedo, insertado en su carne, salía y entraba con cada pasada, con cada oscilación.
—Fóllate. —Su voz se clavó en sus entrañas, a la vez que él mismo se acariciaba. Su mano ancha y grande no podía abarcar toda su extensión. La mano infligía un poderoso meneo, veloz sobre la piel tirante del miembro. Fuerte, rápido y letal. La piel musculada y henchida, de marcadas venas prominentes. La otra mano se unió al combate para dominar el hambre, al animal. Sus dos manos al unísono en movimiento.
Ella aceleró el pulso en su carne. Urgente. Mortal. Agudamente en su interior, su dedo se clavaba en la carne. Pinchó su clítoris con su uña inmaculada.
—Córrete... —Sus manos aceleraron más. Bajando y subiendo por el tronco de su polla.
Las caderas de Constanza se arquearon. Rotaron sobre su dedo. Chuparon con ganas, giraron atormentadoras.
— ¡Il mio dio! —gritó lujuriosa flexionando todo su cuerpo contra el terciopelo negro. Gritó de nuevo por las oleadas de éxtasis que brotaban de su coño hasta sus pechos. Éxtasis liquido que emanó de su sexo y resbaló por sus muslos.
—Ohhh, Cara, que belleza en tu orgasmo... sí...preciosa. —Sus manos tiraron convulsas de su miembro... El animal aulló poseído. El semen contenido por sus vastos testículos se abrió paso por sus tejidos al exterior. Se corrió hasta vaciarse por completo.
2º parte: LA POSESIÓN
Laxa, Constanza respiró hondo, flotaba, se deslizaba lentamente en total sintonía con la embarcación, en movimiento lánguido de satisfacción, como el agua al ser penetrada por la madera de la góndola, dejando una estela blanca tras su paso, igual que el sudor sobre su piel enfebrecida. Se estiró sobre el cojín con la cabeza embotada por el deseo satisfecho y miró hacia el diván.
Vacío. Completamente vacío.
Se incorporó asustada. Sus ojos buscaron hasta dar con la figura ancha y oscura del hombre. De espaldas, erguido, y tenso, con los puños apretados a los costados de sus esbeltas caderas. Mostrando un cuerpo perfectamente ejercitado, duros años de servil trabajo hasta convertirse en el hombre poderoso que era. Todo él exudaba la contención, la poderosa masculinidad de la que hacía gala. Era magnifico. Poderosos músculos bajo la piel oscura por el sol. No era un hombre común. Ni mucho menos.
Resurgido de la inmundicia, del hambre y de la pobreza, había luchado duro hasta conseguir una de las fortunas mejor consolidadas de toda Venecia. Ni una grieta, ni una fisura en su porte que delatase su bajo nacimiento, su oscuro pasado o su esclavizada vida. Las puertas de la buena sociedad se habían abierto para él. Familias de linaje tan enraizado como el de ella misma habían intentado cazarlo, exhibiendo a sus preciadas hijas como trofeos, como pequeños señuelos de belleza sin par, de delicadeza absoluta, complaciente y sumisa, para que él eligiese con el poder otorgado por el dinero tan duramente ganado.
Y él había elegido...
Quería montarla. Doblegarla para él. Tomar su lujurioso cuerpo expuesto sobre el cojín. Comer de su coño ardiente. Lamer en profundidad sus labios en el grito de su éxtasis. Quería follarla. Marcarla como su mujer. Pero él ya tenía una mujer. Su lengua saboreó el regusto casi ya olvidado por el tiempo, pero que en ocasiones surgía de su garganta para acosarlo. Ella era perfecta. Elegida de entre lo mejor. Un rostro desconocido. El recuerdo de un gritó sollozante de dolor arrancado de un cuerpo virginal. Blanco y postrado.
La imagen se clavó en su mente atormentadora, como las mismísimas palabras gritadas con sufrimiento, humillando su hombría, vejando su ardor por ella:
—Diablo, ser inmundo, no me toquéis...
—Mi esposa, enseñadme vuestro rostro...
—Nunca, me oís, os odio...
El monstruo se agitó bajo la piel. Respiró hondo, sus pulmones llenos del delicado aroma del cuerpo femenino tras el orgasmo.
—Largo... tu trabajo ya ha finalizado. —Las palabras brotaron dolorosas de su interior. Si la tocara, si la probara... el engendro no dejaría nada de ella. Y ya eran suficientes las cicatrices y heridas por las que ir al infierno.
Constanza se incorporó desnuda sobre sus temblorosas piernas. Él volvía a rechazarla. El sonido de otro saco de monedas de terciopelo atrajo su mirada al suelo. Se agachó y abrió el saco para mirar el contenido en oro. Una pequeña fortuna. Sus dedos cogieron un puñado de monedas. Frías, se clavaban en su piel. Apretó con fuerza. Rabia. De un sólo movimiento se elevó en toda su estatura y lanzó las monedas que certeramente dieron en el blanco. La espalda ancha, un muro de músculos que negaban su existencia ante él.
— ¿Este es el pago que le dais a todas vuestras putas, mi señor? —La furia dominaba sus actos.
Él no cambió de posición, pero su cuerpo masculino tensó sus músculos bajo la ropa.
— ¿Qué otro pago queréis? ¿Joyas, vestidos...? —Su tono áspero cortó la piel de la mujer—. Elegid, y mañana será vuestro en la Meretriz.
Ella no pudo contenerse.
— ¿Y a vuestra esposa? ¿Cuál es el pago por calentaros la cama?
Un gruñido animal.
—Os tomáis muchas libertades para ser una simple puta. Pero si lo queréis saber, mi esposa nunca ha calentado mi cama.
—Indiferencia, ese es el pago, ¿no?
—El único que ella aceptó de mí.
Constanza ocultó su sollozo mordiéndose los labios.
— ¿Queréis saber el pago... por mis servicios Lucien? Amor...quiero amor...
El animal estaba suelto. Sin contención. Su cuerpo musculoso salto con rapidez en movimiento letal contra el de ella. Apretó su tierno cuerpo entre sus brazos con brutal fuerza. Sus manos agarraron puñados de pelo sedoso y negro, que se enroscó en sus muñecas. Era suave, piel exquisitamente sedosa contra su cuerpo duro. Un tacto perfecto, por el cual él estaba hambriento.
—Repite... —Sus dientes apretados, el desgarro de su garganta. El delicado aroma de mujer.
—Lucien... me haces daño... —dijo ella mirando su rostro oscuro y velado por la noche.
Él la soltó. Fuego. Sentía fuego en el alma. Como las llamas que habían marcado su rostro hasta convertirlo en el demonio que era.
—Márchate o te mato.
Ella respiro con fuerza. Había ardido como una llama por su toque. Su cuerpo musculoso, cálido y duro contra el suyo.
—Acaba conmigo, pero no me marchare de aquí. —Estaba resuelta a seguir con aquello hasta el final.
—Maldita seas, ¿qué es lo que quieres? — preguntó él. Se movía con velocidad animal hacia la cama de rojas sabanas. Del techo retiró la tela que ocultaba una claraboya en la carpa aterciopelada, iluminando la estancia con la luz de la luna. La tela quedó olvidada en el suelo, cuando el hombre se acercó a Constanza, de forma brutal la cogió por los antebrazos para acercarla a la luz, dominando con su cuerpo masculino el de ella.
Ella clavó sus ojos en los de él. Doradas lagunas de odio y rabia.
—Mira, observa lo que soy... —dijo mientras la zarandeaba—. ¿Esto es lo que quieres? ¿No tuviste suficiente hace cinco años, cara mia? ¿Recuerdas? Oh, claro que recuerdas las palabras que arrojaste a mi rostro deforme, claro que recuerdas como te negaste y como tuve que arrancar de tu cuerpo la virginidad que te proclamaba como mía.
—Por favor... yo...
—Tú, ¿qué? ¿A qué has venido, Constanza? Aquí no hay nada para ti. —Con cruel fuerza la tiró sobre la cama y se alejó de ella asqueado, ocultándose en la oscuridad.
Constanza incorporó su dolorido cuerpo por el asalto recibido. La cama dura, las sabanas suaves bajo su piel. Deslizó las manos para sentir el suave tejido rojo. Miró las sombras. Ni el más leve movimiento, la negrura inmutable en la que él permanecía escondido a su mirada.
—Nunca pensé que fueras un cobarde —dijo—, un diablo, sí... pero nunca un cobarde.
— ¿Me hablas a mí de cobardía? —La risa demoníaca se elevó en las sombras—. Márchate o juro que te mato en este mismo momento.
—Sí, cobarde... me violaste...
—Tomé lo que era mío de pleno derecho. Tu padre te vendió a mí. —La sangre corría por sus venas con ardor—. No eras más que una yegua bien criada, subastada al mejor postor.
—Me tomaste con la fuerza de un animal. Ni siquiera...
— ¿Qué? ¿Te traté como te merecías? Oh, Constanza, esta maldita vida sólo me ha dado una cosa, y ha sido dolor. Y odio. —Con suavidad se tocó las cicatrices del rostro que lo convertían realmente en un ser deforme—. Y odiaste el sólo contacto conmigo, me lo escupiste a la cara.
—Lucien, estaba asustada, aterrada. ¿Qué querías que hiciese? Ni siquiera te conocía. Sólo tu reputación...
— ¡Virgen Santa! Mi maravillosa reputación. Violador, asesino, ladrón —dijo con sorna—, y no nos olvidemos de lo principal, el hijo del mismísimo Diablo. Bebo sangre, como carne humana y copulo como las bestias.
—No podía... consentir que me tocaras...
—Ummm. Mancillar tu suave piel. Cara mía, aunque hubieses sido un ser monstruoso como yo, te habría follado día y noche. —Resurgió de las sombras. Y con él, el rostro cicatrizado, deforme, en el cuál resaltaban sus labios sensuales que, incomprensiblemente, no habían sido tocados por las llamas. Y sus ojos, infernales profundidades de oro líquido, rodeados por las cortas pestañas negras. Ardían con fuerza, recorrían su cuerpo desnudo, tocaban su piel con calor. Eran los ojos más insólitos que ella había visto en toda su vida. No sólo por su color absorbente sino por la fuerza de su mirada. Poderosa como él. Caliente como él. Pero tras su iris había una sombra de dolor. Un ser no amado por nadie, despreciado. No valorado por lo que era.
Él se acercó, era potencia varonil. Clavó sus ojos en su rostro perfecto.
—Te habría follado, hasta arrancarte con mi carne cada quejido de placer. Porque eres lo único que realmente me ha pertenecido.
Ella cerró los ojos ante esas palabras. Ocultaban un dolor dominado por su férrea voluntad. ¿Cinco años no eran suficientes para pagar por una noche? ¿No eran suficientes para el martirio que era su vida? Sí, era cierto que todo, o la mayor parte, era culpa suya. Pero qué podía decirle en su defensa: qué era una joven inexperta y mimada, qué tenía miedo, qué su cara mutilada encima de ella tomaba forma en sus más oscuras pesadillas, qué su miembro en esa primera estocada certera había desgarrado su carne hasta provocar un dolor lacerante dentro de ella. ¿Eso solventaría cinco años de pura necesidad? ¿De soledad?
—Pertenecer. Posesión. A una mujer se la gana con amor. Nunca hablaste de amor.
—Il mio dio ¡AMOR!, ¡JA...! —Su risa atona, sin sentimientos—. ¿Cómo se puede hablar de amor si nunca has ni siquiera atisbado un sólo suspiro de esa felicidad, de la dicha que los poetas tan bien exponen en sus sonetos? Sé lo que es odiar con todo tu ser, sé pelear con manos y dientes por un trozo de pan de la basura, sé lo que es el fuego en mi cara... pero ¡mujer!… Amor, nunca, Constanza, nunca...
De nuevo la cogió con sus fuertes manos, clavando sus dedos en la tierna piel.
— ¿Este rostro puede provocar amor? ¿Podrías amar mi cara llena de cicatrices? —Le gritó en plena cara—. Responde.
—Sí, puedo amarte... —sollozó ella.
Los brazos masculinos cayeron laxos a los costados de su cuerpo tenso. Con una de sus manos se tapó el rostro. Cansado.
—Maldita Putta... —Las palabras brotaron desde su pecho dolorido por la contención de los sentimientos ocultos bajo la piel—, tienes el corazón tan negro como una cucaracha rastrera que se alimenta de la basura del suelo. Una palabra más, y me convertiré en el asesino que todos proclaman.
Constanza reaccionó de la única forma posible. Se pegó a él. Su piel en pleno contacto con el poderoso cuerpo de Lucien. Sus brazos se aferraron con fuerza al cuello masculino y sus caderas acoplaron en la cuna de sus muslos su polla prominente.
Lucien descontrolado cogió el frágil cuello de la mujer. Apretó su garganta con la palma. Ella arañó su cuello dejando marcas sanguinolentas en la piel masculina de su nuca. Luchaba con fuerza contra él. Sus pechos se alzaban agitados, con la respiración anhelante por insuflar aire a sus pulmones.
—No... no... Lucien... —dijo Constanza con voz ronca debido a la presión en su garganta—. Hace cinco años no estaba preparada... —Tomó aliento para decir las últimas palabras que podían sellar su destino—. Pero ahora sí, estoy preparada para ti, para nosotros... Te amo, Lucien... te amo...
La presión disminuyo lentamente, la mano férrea apretó los músculos del tenso cuello femenino con menos fuerza, pero sin soltar su presa. Sus ojos dorados, transgresores y salvajes, sostuvieron la mirada suplicante de Constanza.
— ¿Crees estar preparada? —Sus ojos brillaron con fuerza y luz propia. Anhelantes y demoníacos, con la fuerza de sentimientos contenidos en sus profundidades—. Mujer, no puedes estar preparada para que mi cuerpo te tome.
—Llevo cinco años esperándote, Lucien. —La voz surgió ronca y áspera, doliente por la carne maltratada con la fuerza de la mano masculina—. Acaba con este suplicio, tómame como tu mujer, tu compañera y esposa.
El rugido animal brotó del pecho de Lucien, sus brazos envolvieron el cuerpo de Constanza, tensos, expectantes, con ardor. Y dolor. Un dolor que brotaba de lo profundo de su garganta.
—Muy bien, mujer. —El hambre que roía sus entrañas, traspasaba la piel de Constanza—. Te daré lo que quieres. —Lágrimas de felicidad, de esperanza, se agolparon en los ojos de la mujer.—. Te follare hasta que —su boca sensual en un rictus de crueldad absoluta— supliques clemencia entre tus muslos.
—No... no... —El grito dolorido murió en la garganta femenina—. Lucien...
La boca de Lucien se abatió sobre la de Constanza. Fuerte, impetuosa, abrió sus labios. Su lengua entró impune, tocando la lengua escondida de ella. La rodeó, sondeó, fustigó con ansia. El lento movimiento de la musculosa carne húmeda y cálida dentro de la boca de Constanza era fuego líquido, brotaba de la boca del hombre con el calor del deseo contenido. Era la avidez, el hambre guardada por años. La fuerza de la dominación.
El calor recorrió el cuerpo femenino. El ardor de las manos de Lucien por su piel, las nalgas abiertas a sus dedos sondeadores. Rodeó con sus poderosos brazos la desnudez de Constanza. Una prisión de acero musculoso, calor irradiado como fuego que quemaba hasta el alma. Él la volvió en sus brazos. Con crueldad. No había atisbo de ternura, sólo el más absoluto dolor de la carne.
—La que me pertenece... —El susurro contenido calentó la oreja de la mujer. Los brazos apretaron su cuerpo contra la dureza de Lucien. Espalda contra pecho. Su culo tomó total contacto con la erección rugiente del hombre. Las manos crueles y callosas se arrastraron hasta el vello crespo femenino que ocultaba su sexo. Él enterró sus dedos en ese vello, palpando la mullida carne. —. ¿Quieres el animal que hay dentro de mí, Constanza? ¿Lo quieres?
—Sí... —Un mar de sensaciones cubría su piel. Para aplacar al animal que él portaba en su interior debía someterse. Someterse al placer que él le infringía, por doloroso que fuese. El placer que suministraba con sus manos impúdicas, viriles y atormentadoras clavadas en su vagina. Con el cuerpo duro y musculoso de estibador dispuesto a desgarrar su carne. Si esa era una forma de llegar hasta su corazón, que Dios la ayudase porque ella había venido a luchar. Con uñas y dientes. Por su hombre—. Sí... Lucien... fóllame...
—Así será... —La verdad absoluta fue liquido cremoso entre los muslos de Constanza. La necesidad rayó la locura, la pérdida total del dominio sobre sus emociones tan bien guardadas durante años.
Él sepultó su rostro deforme en el cuello suave y acogedor de la mujer. Sus labios probaron la piel bajo el delicado hueco formado con el hombro. La olorosa piel femenina corrompió su control y el hambre brotó de sus incisivos. Ardiendo por ella. Marcarla sería poco, domarla con sus caricias, doblegarla a su placer y volverla totalmente cautiva y esclavizada a su carne. Sus manos abarcaron su sexo, formando una cuna caliente sobre sus pliegues escurridizos. La abrió sin delicadeza, quería estar enterrando hasta la misma base de su polla en esa cueva resbaladiza y untuosa. El olor a sexo llenó sus fosas nasales. La levantó contra su cuerpo. Todo dureza. Todo potencia. Todo fuego.
Constanza sentía arder su coño. Los dedos hurgaban en sus tiernos pliegues. Recolectaban el flujo de su excitación. El mundo a sus pies, suave y deslizante, dejó de ser una prioridad. Elevada en el aire, totalmente dominada, arqueada sobre el puro músculo que era él. Sintió que él se movía sobre el piso de la góndola con ella. La piel de todo su cuerpo se erizó ante la sensación del frío. Aire frío. Abrió los ojos a la cuidad de Venecia relevada para ella.
— ¿Lucien...? —La luz delicada de la noche la cogió desprevenida. Luminiscente. El sonido nocturno de una cuidad bulliciosa y alegre, llenó sus oídos. Su cuerpo se tenso—. ¿Qué...? —Las paredes aterciopeladas del habitáculo habían sido retiradas. La luz iluminaba su piel como un farol en la noche. Su cuerpo seria visible desde todos los puntos por los que la góndola atravesara el Canal—. No...
—Quiero que te vean. —La ferocidad hería su piel—. Quiero que vean cómo follo a mi mujer. Cómo me perteneces. Desde tu coño perfecto que me acogerá, hasta tu boca. Toda esta piel blanca y perfecta. Tus pezones. Tus pechos.
—No puedes hacerme esto —gimió ella. Observó el Canal. La embarcación se deslizaba con la lujuria del movimiento sinuoso de penetración constante.
—Has venido para esto. Y esto es lo que tendrás.
Constanza gimió aterida. El miedo embargó su cuerpo. Sus ojos negros se llenaron de terror y de deseo.
—Te me has negado, me has humillado, me has vejado y éste es tu castigo. Toda la maldita ciudad sabrá tu verdad.
—¿Qué verdad? —Lucho entre sus brazos para soltarse. Pero no había fuerza que pudiera mover esos músculos.
—Que eres mía. —Sin contemplaciones.
El hambre tomó conciencia. Su polla era una vara candente en su espalda. Chamuscaba la piel. Los dedos romos y duros se deslizaron sobre la carne mullida y vellosa, por su vientre, mojando la piel con el flujo vaginal. Ascendieron por sus costillares hasta sus pechos. Las manos abarcaron la carne esponjosa, clavando en las mismas palmas los pezones picudos y enhiestos. Su coño boqueó por ser llenado. Hambriento. Él la deslizó por su cuerpo hasta que sus pies tocaron la madera pulida de la embarcación. La montó sobre un muslo. Gimió ante el dolor de su clítoris en contacto con la tela del pantalón.
Él recorrió sus pechos, apresando los globos entre sus manos. Los liberó con un tirón, para subir hasta el cuello. Sus antebrazos rozaron los pezones. Era una tortura recorrer ese bello cuerpo, dominado para su placer. Las manos rodearon la columna de su cuello.
—Me encantaría arrancarte la piel a tiras. —Él lamió el lóbulo de la oreja derecha, pequeño y tierno. Un temblor estremecedor recorrió a Constanza. Las palmas callosas se deslizaron por sus hombros, sus brazos, hasta sus manos. Los dedos se unieron como antelación a la copula. Las respiraciones aceleradas. Los corazones latiendo con fuerza, en la velocidad de la sangre al recorrer las venas y arterias—. Extirparte de mi carne por todas las noches que he anhelado estar enterrado en tu coño. —Los dedos apretaron con fuerza, estrujando los dedos femeninos, triturando los huesos.
Constanza lo sentía en cada hueco, en cada pliegue, en cada músculo y poro de su cuerpo. Caliente, dominante a su espalda, doblegándola. Lo sentía con fuerza, una presencia monstruosa y sin alma. Era el diavolo que todos clamaban. Era un ser corrupto de oscuridad sin par. Era el hombre que ella amaba. Era su esposo. Y éste era el precio que tenía que pagar para estar con él. Rogar. Rogar para que aquello fuera suficiente y él se diera cuenta de que ella era suya en cuerpo y alma.
Lucien Demontre tenía entre sus brazos lo único que en su vida le había pertenecido. Era el bien preciado por el que había luchado tan duro. Una mujer. Pero no cualquier mujer... SU mujer. Su propiedad… su posesión. La vida le había enseñado bien. Demasiado bien para su propia salud mental. Le había arrebatado todo. Una familia, un hogar, el amor. Todo había sido dolor, lucha y avidez por ser mejor. No un monstruo. No un ser deforme y atormentado. Vivir había sido un castigo total y absoluto. Día tras día, noche tras noche, cuando el frío se clavaba hasta el alma, cuando su corazón mendigaba por un trozo de luz, su mente soñaba con ella. Estar envuelto por su calor, por la dulzura de su roce. La anhelaba, la amaba y a la vez, la odiaba profundamente por ser un sueño inalcanzable. Irreal. El odio se enroscaba en su vientre, dando fuerza a sus músculos doloridos, débiles para luchar contra todo. Para encontrarla. Para hacerla suya.
—Vas a pagarlo, Constanza. —No había amor en esa voz. Sólo la emoción latente del ansia, del hambre, y del deseo—. Ábrete... —El muslo crudo entre sus piernas la abrió con dureza. Golpeó la carne interna de los muslos femeninos, sus pies se deslizaron sudorosos sobre la madera. Las manos alzaron las de ella hasta las cortinas abiertas. —Agárrate... no me toques o te partiré la mano en dos. —Ella obedeció y apretó sus dedos sobre la tela borgoña—. Vas a sentir en tu piel el sufrimiento de no poder tocar otro cuerpo. Vas a morir lentamente como yo hacía por ti cada noche.
La sombra de uno de los puentes del Gran Canal nubló sus ojos negros, al pasar la góndola en su viaje sin fin de desenfreno. «¿Morir? ¿No estaba muerta ya? ¿No era la muerte estar entre sus brazos, sin acallar las ganas de tenerlo dentro de su vagina?» Agarró con fuerza la tela, envolviendo los dedos sobre el terciopelo como si fuera una soga donde anclarse. Apretó su cuerpo contra los duros planos masculinos. Se restregó como una gata. Lo quería ya.
—Hija de puta... ¿Estás deseosa? —Él mordió su hombro con fuerza mientras liberaba su polla del confinamiento del pantalón, apuntalándose entre las nalgas suaves y tersas de la mujer. Un brazo poderoso abarcó su cintura colocándola en la posición exacta para la penetración. El otro culebreó por su vientre para llegar al mismo centro de su ser. Húmedo y palpitante—. ¿Te acuerdas, Constanza? —Hundió un dedo en la vagina de la mujer esperando una contestación.
—Sí. —Fue la única respuesta. Sus paredes se acoplaron fácilmente al dedo calloso. El dedo buscó justamente el sitio exacto en su interior. Un resorte de placer, pequeño y escondido. Arqueó su cuerpo al goce.
—Estabas seca como una pasa. —Él era sanguinario. Quería rasgar, atormentar y lacerar. En verdad era un monstruo, una bestia inmunda. Rozó ese pequeño centro de nervios, propulsando el placer en el cuerpo de la mujer. Justo detrás del hueso pélvico como una pequeña moneda de carne para él. Para acariciar. Quería golpear con fuerza visceral ese punto hasta romperla en dos—. Ahora... bella mía... eres un reguero de lava, quemas, abrasas...
Su sexo era el centro del fuego, quemante. Jalea ardiente. Crema espesa. En su consistencia viscosa, cubrió el dedo masculino inserto en su vagina. Sus paredes se humedecieron en un río candente de ansia. Constanza se estremeció, olas de placer pulsaron por su piel, centrándose en el punto donde el dedo de Lucien atormentaba su carne.
— ¿Quieres atormentarme por esa noche? Dime, Constanza... ¿Qué hay de diferente esta noche de aquella, cuando deberías haber sido mi mujer? —El susurro la embriagó. Las luces de los faroles titilaban sobre ellos, envolviendo su mundo en un lugar donde sólo existían ellos dos. El deseo, la unión, la cópula de dos cuerpos.
—Todo... —Tragó saliva. Su garganta estaba seca, rasposa. Su piel sudorosa, tibia por la noche.
—Son las mismas manos las que te están tocando, el mismo cuerpo que te cubrió, el mismo hombre que te tomó con todo el hambre que portaba en su interior. Son los mismos labios, la misma lengua que torturó tu piel... —Las acciones siguieron a esas palabras fogosas.
Fueron sus manos sobre la piel, tocando... Fue su cuerpo cubriendo su espalda, envolviendo con sus fuertes músculos... Fue el mismo hombre. Sus labios en su hombro, sus dedos en la piel expuesta. Ella formó un quejido en su boca. Él no entendía la diferencia, pero estaba en el aire. En el perfume de sus cuerpos juntos. En la misma esencia.
—No puedes entenderlo, Lucien. —La frase surgió dolorida de su laringe seca—. El amor...
—Creo que ni tú misma lo entiendes. Esto no es un acto de amor. —Acopló la cabeza de su polla en la entrada del canal preparado, licuado de sus jugos. Los músculos de sus brazos aumentaron de volumen. La mano situada en su entrepierna, sondeó, abandonando la vagina para centrarse en la penetración. Constanza sintió como esos dedos callosos abrían los labios de su vulva, disponiendo el terreno mullido para la primera embestida—. Es un acto de necesidad...
La cabeza pujante rompió paso sin misericordia por sus primorosos pliegues. Él movió sus caderas con la fuerza de un toro. La invasión fue total. Carne envolviendo carne. Fuego con fuego.
—Esto no es amor... —dijo él brutal—. Esto es sexo... carnal...
Ella gimió ante la penetración. Sintió la polla penetrando en el canal, su cabeza de hierro separando el camino para dar paso a su tronco venoso hasta la base de su raíz. Sus manos apresaron con fuerza la tela de las cortinas. Una soga, un salvavidas en un mundo en movimiento.
Las caderas masculinas oscilaban con levedad, arremetían dentro de vagina, sin salir de su interior. Era una sensación irreal.
—Constanza... —gimió su nombre sintiendo su verga chamuscada por el calor que la cubría. Las paredes acanaladas y tensas del sexo de la mujer se cerraban alrededor de su carne, apretando, pulsando, soltando. El paraíso en forma de cueva húmeda.
Sus sentidos estaban embotados de placer. El cuerpo de ella se brindaba por completo. El pelo largo y negro, sedoso, cubría su pecho de forma acariciadora. Su coño el lugar idóneo, acogedor, para su miembro. Con la potencia de sus muslos, obligó a los tersos muslos femeninos a abrirse más. Retiró su polla, moviendo su cuerpo con el vigor de la siguiente penetración. Embistió de una sola estocada, la humedad lo cubrió, el calor liquido. La fuerza y la posición consiguieron que su cabeza como un yunque se ajustara hasta tocar el hueso pélvico, justo donde su dedo había tocado recientemente. Ese sitio de placer y de sensaciones. Ella ardió entre sus brazos. Y gritó a la noche:
—Lucien... —Sin pudor. A la inmensidad de la noche, a la totalidad del mundo que los rodeaba, a la fastuosidad de Venecia.
Las penetraciones fueron repetitivas, en constante velocidad, imprimiendo un potente meneo, que dejaba extenuada a la mujer. Los gritos imperecederos se perdían en el aire denso por el olor de los cuerpos unidos. No había absolución, ni retroceso. Tan sólo el movimiento infringido para causar el mayor placer, para volverla loca de deseo. Él penetraba, penetraba, y volvía penetrar, insertando su polla hasta la misma base, con fuerza, con frenesí. Quería romper y torturar esa tierna carne, marcarla. Atacar con ganas.
—No, no... No puedo. —Constanza, sentía arder su sexo con la fricción de la verga masculina. Un ardor, una comezón picajosa, húmeda y caliente. Cada vez que la potente polla de Lucien entraba con la potencia visceral de un semental, del hambre contenida, la cabeza pulsante se ajustaba al hueco pélvico dentro de su vagina, consiguiendo que su útero segregara más y más flujo. Un flujo fogoso que se escurría por sus muslos abiertos empapando todo a su paso.
—Sí que puedes, cara mía... claro que puedes. Te vas a correr conmigo dentro de ti. —Pujó sobre la carne, pulsó sobre el hueco de lujuria de la vagina femenina, sin dejar de percibir como las paredes suaves y estriadas se acoplaban en torno a él con la misma consistencia del Agua negra del Canal al ser surcada por la góndola. Las piernas de Constanza temblaban por la necesidad imperiosa de agarrarse a su cintura. Y pujar. Pujar hasta conseguir el éxtasis—. Quiero que tus fluidos laven mi polla, que la limpien por completo tal como deberías haber hecho tú, como mi mujer. —La cabeza de la verga frotó con ansias la pared estremecida, mojada y extasiada—. Tal como deberías haber hecho con mi alma. —Flexionó su tronco con cada acometida—. Tu pureza, tu blanca piel, habrían limpiado al monstruo que mora en mi interior hasta volverlo humano. —Profundizó con fuerza, los pliegues untuosos del coño se abrían sin oponer resistencia con cada penetración; la vagina era el calor, la fuente de la vida eterna, la consumación de la carne—. Un ser, cara mía, que podría llegar a amar... a amarte...
Constanza gimió ante esas palabras que con cada movimiento dentro de su cuerpo se clavaban en su corazón. Dios misericordioso, estaba maldita, maldita por amarlo.
—Puedes amarme... —gritó en la noche estremecida—. Puedes amarme... —Sus ojos nublados por la pasión, por la humedad de las lagrimas no vertidas, estaban ciegos a lo que pasaba a su alrededor, tan solo era consciente de la ardiente necesidad, del calor y de la potencia de los músculos que la sujetaban para que cada penetración fuese más un tormento que una absolución. Él le trasmitía toda la rabia, toda la contención y todo el salvajismo que su pútrida alma portaba. Su verga ardía dentro de ella, carbonizaba sus tiernas paredes, licuaba sus flujos, en total alquimia, en total sumisión. Era el dolor supremo convertido y masificado en músculo, nervio y carne irresistible.
Dolía. Claro que dolía. Porque él necesitaba que doliese. Para que ambos no olvidasen en su vida esta única noche. Ella iba a recibir todo el daño, la ira, la aberración que él portaba en su interior.
—No, abbastanza, es demasiado tarde... —Lucien aceleró el ritmo, deslizaba su cuerpo una y otra vez. El calor surgió como una hoguera incontenible de la unión de sus sexos. El calor que lo quemaba, que lo paralizaba, que lo llevó al puro orgasmo. Como ningún otro. Tan sólo con ella—. Demasiado tarde... —En ese momento se corrió, gimiente dentro del vientre femenino. Su semen, enterrado en lo profundo.
Y la liberó.
Constanza sentía las llamas del infierno consumir todo su cuerpo, la necesidad de acabar con el éxtasis de la unión. El frío de la noche la embargó, los sonidos de la ciudad torturaron sus sentidos ampliados por el goce. En sus muslos, el líquido lechoso de la liberación masculina se confundía con los flujos de su propia vagina. Una vagina que latía, que boqueaba sumisa en el aire, que pedía más. Que moría por la polla de Lucien. Él había obtenido su placer. Ella en cambio, su castigo. Sus manos soltaron las cortinas de terciopelo. Los dedos agarrotados, las piernas estremecidas, el vientre arqueado del hambre que brotaba de su útero. Bajó la cabeza, ocultando a toda Venecia su rostro. Un rostro marcado por la lujuria insatisfecha y sobre todo por no haber conseguido su objetivo en esa noche de desenfreno. Conseguir que el diavolo se doblegase a sus deseos dormidos durante cinco años de sufrimiento y dejadez. Algo imposible después de que él le mostrase todo lo que ella le había hecho en esa única noche de posesión. Algo imposible esa noche pero tal vez en otra fuera lo suficientemente probable para que ella volviese a ser una mujer completa.
—Maldito monstruo. —Sus propias manos agarraron su estómago estremecido, apreciando las entrañas derretidas como su mente ante el oscuro odio que él había volcado sobre ella.
—Ahh, amore mio, has recogido lo que sembraste — dijo con voz átona y sin ningún sentimiento. Él era amoral. Un corrupto diavolo.
Constanza elevó la cabeza, con todo el orgullo herido que moraba dentro de su alma, seguía siendo una mujer con una línea de sangre superior a muchas, un linaje de rancio abolengo. Su cuerpo brilló blanco bajo las luces del canal, con luz propia, como un farol en la noche, se exponía lujurioso. Venecia latía satisfecha. Venecia ante sus ojos se mostraba impúdica. Y ella, ¿qué era ella en esos momentos?
Se volvió hacia el habitáculo cerrado, donde él permanecía oculto por las sombras. Sus pies tropezaron con un pequeño saco. Lo movió con un pie. Dinero...
—Esta es la retribución ante los esfuerzos realizados, querida. —Lucien la miró con una mueca en su rostro. Sus ojos infernales recorrieron la piel expuesta, desnuda.
—Cabrón. —El dolor de sus palabras no era más que una flecha negra y cruel en su vientre, en sus entrañas—. No creas que hemos terminado...
—Yo creo que sí. Además no vales ni la mitad de lo que contiene esa bolsa. Eres hermosa, posiblemente seas la mujer más bella que mis ojos hayan visto jamás, pero no tienes el fuego para satisfacer mi hambre. Eres la peor puta con la que he estado.
—Lucien, querido, recuerda... —el orgullo fue el que hablo— que yo no soy una prostituta.
—Ahí te equivocas. Eras una prostituta con tu padre — mortífero, letal. A muerte—, y lo sigues siendo ahora. Te compré. Te adquirí. Pujé por ti. Y gané el gran trofeo de la temporada. Pero, ¿para qué? No sirves ni para calentar la cama de un hombre.
—Diavolo... —Su piel enrojecida por el acto sexual tomó el color de la grana. Se sentía sucia. Aniquilada. Asqueada.
—Sí, eso es lo que soy. —Lucien recogió la capa que había vestido el cuerpo femenino a su llegada. Se la tiró—. Cúbrete, no necesito más tus servicios sexuales.
Ella cubrió su cuerpo desnudo con movimientos bruscos, nacidos del dolor y de la desesperación. Sus piernas temblorosas la sostuvieron orgullosa sobre sus pies. Levantó la cabeza con soberbia, con la casta de su sangre noble. Se dirigió a la salida del habitáculo. Abrió las cortinas.
—Estas cometiendo un grave error, Lucien —dijo sin mirar atrás.
—El error fue follarte, cara mia.
3º parte: EL BESO.
Miedo.
Un suspiro de aire entró en sus pulmones. ¿Merecía la pena exponerse a la vergüenza, a la ignominia, a un nuevo rechazo? Sí, clamaba su alma, sí, aullaba su cabeza, sí, susurraba su corazón.
Él lo era todo.
Diavolo. Ser inmundo. Su amor.
Jadeó más que respiró. El corsé con ballenas dificultaba su respiración. Casi sonrió ante la mueca del mayordomo al ver su tarjeta de presentación. Los ojos del hombre casi salieron de sus cuencas ante la impresión de leer su nombre.
Llevaba cinco años apartada de todo acto social. Recluida en su jaula de negro oro. Y era el momento de dar a conocer que estaba viva, que iba a luchar por lo que era suyo y que era una mujer completa. Con dueño. Con un amo. Con un hombre en su cama.
Las puertas lacadas y embellecidas con pequeños querubines saltarines se abrieron para darle paso al salón de baile, ricamente adornado para tal acto. Las luces brillaban en las lámparas labradas, las flores utilizadas soltaban un delicado aroma especiado. El brillo del lujo, del glamour, de la sangre noble en toda su voluptuosidad. Las joyas, los vestidos escotados, los trajes perfectamente cortados por los sastres exclusivos. La estancia estaba llena de lo mejor de Venecia.
—La Countess de Demontre. —La voz fuerte del mayordomo vestido con impecable librea paralizó a todos los presentes. Incluso a ella en lo alto de la escalinata que daba paso al salón.
El susurro de horror se atragantó en cada una de las gargantas que portaban excepcionales joyas. Constanza podía adivinar a ciencia cierta, sin ningún tipo de error lo que esas pequeñas cabezas maquiavélicas estaban pensando en esos momentos. Ella había sido una integrante de ese fastuoso grupo selecto. Una mimada. Una imbécil vestida de seda. Una mona sin ningún tipo de expectativa, de sentido, ni de amor. Por nada. Ni por el mismísimo prójimo. Era una beldad entre beldades. Una cabeza hueca más.
La marea de gente se movió como el Mar Rojo ante Moisés. Se abrió formando un amplio pasillo para darle paso. Las miradas recorrieron toda su persona. Desde el completo peinado recogido con una tiara de diamantes regalo de su padre en su boda, hasta su vestido esplendido de negro y plata. Sabía que estaba perfecta. Un bocado suculento para el hambriento. Sus pechos se mostraban impúdicos por encima del escote. Redondos, carnosos, y blancos. Atrayentes para todas las miradas masculinas. Espectacular. Radiante. Era una manzana madura para ser recolectada por la mano experta de un hombre.
Siguió con su mirada, desde lo alto de la escalinata, hasta el fondo donde ese hombre esperaba tenso y conmocionado. El diavolo.
Los allí presentes no podían llegar ni siquiera atisbar lo que era él. Para el mundo podía ser el diablo pero para ella lo era todo. En esos cinco años de soledad había conocido partes que ni él mismo podía ver. Ella lo había visto desde fuera. Desde el terror que le provocaba su presencia, para darse cuenta que todo no era más que una cortina de humo. Él era un hombre fuerte, potente, solitario. Era una bestia hambrienta. Pero de una avidez distinta. Era un animal huraño para el resto del mundo. Pero tan sólo era un ser que necesitaba amar y ser amado. Con la fuerza de un corazón que se desviviese por él para sanar todas y cada una de las cicatrices que portaba en su interior. En el interior de un brutal y atormentado ser humano.
Tras esos cinco años observando en un segundo plano sus acciones, sus movimientos, la bondad que moraba en sus entrañas sin que él lo supiese, ella se había dado cuenta de la verdad. La verdad que llenaba su alma. El amor que sentía por él.
El error fue follarte, cara mía.
Respiró hondo, o mejor dicho tan hondo como ese maldito corsé le permitía, y comenzó a bajar lentamente las escaleras de mármol perfectamente enceradas. Sus piernas temblorosas bajo los kilos de enaguas del vestido ricamente bordado, aguataron sin flaquear. Una leve película de sudor cubrió su frente. Sus ojos se clavaron con fuerza en los ojos demoníacos, surgidos del infierno. Paso a paso se acercó a él.
Lucien estaba magnifico. Vestido con un impecable traje de etiqueta, negro sobre negro. El pelo, retirado de su rostro, brillaba con el tono azulado de la oscuridad nocturna. Su piel broceada. Su aspecto rudo y fogoso. Potente. Descomunal en su altura. Las cicatrices se percibían blancas desfigurando su rostro fuerte. Y sus ojos brillaban con ira. Con pasión.
Ella se agarró a ese resquicio de pasión para continuar. Las miradas atónitas de los presentes se clavaban como agujas en su piel. Continúo caminando con el pausado movimiento de una seductora, las caderas en sintonía con su sangre vertiginosa. Se paró a un metro escaso de Lucien conteniendo la respiración.
— ¿Qué estás haciendo aquí, Constanza? —No había bienvenida en el tono de su voz.
—He venido a marcar lo que es mío. —Sus pestañas velaron sus ojos de forma sugerente, su lengua lamió su labio inferior dándole la apariencia de una fruta madura y suculenta.
— ¿Y qué hay aquí que sea de tu propiedad? —Él levantó una de sus hirsutas cejas, de forma arrogante, arrugando la piel cicatrizada, lamida por las llamas de un terrible fuego.
—Tú. —Esa sola silaba rebotó en las paredes del salón de baile. El silencio fue absoluto.
El corazón de Constanza latía como un tambor, en su garganta, en las yemas de sus dedos, en sus muslos temblorosos, en su cabeza, atronando en sus oídos.
Los ojos de Lucien ardían con llamas incandescentes. Eso sólo basto para que ella se acercara a su pecho. Lo rodeó con sus delicados brazos cubiertos con la seda de su vestido negro. Sus dedos se entrelazaron en el fresco cabello que nacía en la nuca masculina. Se elevó hacia sus labios. Y ante la mirada de los invitados en el salón, unió sus labios rojos a los crueles y carnales de Lucien. Penetró con su lengua la caverna húmeda de su boca. El sabor potente de su saliva unida con el regusto a licor embriagó sus papilas gustativas. Su cuerpo suave y femenino se pegó como una segunda piel al cuerpo musculoso y varonil, que radiaba calor por todas las partes en contacto. Él permanecía quieto dejándose hacer. Ella siguió besándolo delante de todos los presentes. Con ardor, con el calor de la pasión. Su lengua entraba y salía de la boca caliente del hombre, recogiendo a su paso el sabor especiado, su aroma propio. Se movió contra él como la más ferviente cortesana. Profana. Lasciva. Buscando una respuesta que no encontraba.
Él estaba inmutable.
El corazón de Constanza sufría por su indiferencia. «Oh, maldito hombre, responde. Responde».
Él no respondió.
Arqueó su cuerpo contra el de Lucien. Restregó sus pechos contra su torso vigoroso. El sonido de una exclamación colectiva fue como algo lejano que estaba ahí pero que no les pertenecía. Constanza siguió besándolo con toda el alma, con todo su ser. Quería una reacción pública para demostrarse y demostrar a esa entupida gente que una de los suyos, una pura raza Veneciana con su misma sangre azul e impoluta podía llegar a ser la posesión absoluta de un ser menor, despreciado por las marcas obvias de su cara.
Era evidente lo que todos, en un momento u otro de esos cinco años de matrimonio, habían podido pensar. Hubo compasión por su alma tierna al ser sometida a la crueldad de la unión entre una paloma sin tocar y un águila devoradora de carne. Hubo sonrisas veladas de una leve e hipócrita felicidad por ella, se casaba con el hombre más poderoso de toda Venecia. Pero también el más despreciado siendo una de las mejores venganzas para esa altiva muchacha intocable para unos, inalcanzable para otros, que había mostrado un total desprecio por los mejores partidos que habían pedido su mano. Ella no entendía, no podía ni siquiera concebir lo profundamente que esta sociedad estaba podrida. Su error fue ese. Creerse una princesa, superior a toda esa bajeza, ese odio y desenfreno por dañar y herir. Su error fue pensar todo eso y mucho más. Su capacidad de entendimiento se encontraba bloqueada por su falta de experiencia. ¿Cómo una persona tan despreciable y sin alma como Lucien Demontre podía ser tan amado por una sociedad donde el aspecto, el dinero y la sangre azul era el principal eslabón, la máxima prioridad? Solo había una única y posible respuesta, la total y perfecta podredumbre de esa sociedad, el hedor a podrido, el olor putrefacto de las almas que en esos momentos no daban crédito a lo que, ante ellos, estaba ocurriendo.
¿Y qué ocurría? Que la mujer que todos creían medio muerta en una negra jaula de oro, sometida a los deseos de una deforme alma de devorarlo todo a su paso, se encontraba seduciendo a esa misma alma supurante y purulenta. Lo seducía con todas las armas que tenía en su poder. El poder de una gloriosa hembra con una meta. Cautivar. Definiéndose como una mujer. Su mujer. Una diabla para un diablo.
—Esto es mío... —dijo al despegar su carnosa boca roja, húmeda, mientras una de sus manos bajaba desde la nuca masculina, por el perfecto pecho esculpido hasta su vientre ondulado. Puro músculo fuerte y ardoroso—. Mío… —Su mano atrapó el sexo de Lucien demostrando claramente lo que sus palabras y acciones querían decir, a él, al resto del mundo, a Venecia entera. Suyo para siempre.
Su boca de nuevo se cerró sobre la carnalidad de la boca masculina. Lamiendo a su paso. Daba con la lujuria que portaba dentro de sí, hasta que la reacción de él se mostró sin ningún tipo de límite ni barrera. Ahí estaba. Lo que tanto buscaba. Ese magnífico órgano en toda su envergadura. Enhiesto. Caliente y pesado en su mano. Sí. Suyo.
—Cometiste un error, caro mío —sus dientes mordisquearon sensualmente la oreja de él, sólo para él, para sus oídos—, tu error fue follarme… —Sus suaves labios susurraban las palabras en dulce almíbar. Vaticinó—: Sí, hermoso diablo, tu error fue follarme porque ahora la sensación de mi sexo preparado para la copula, de mis muslos rodeándote, de mi cuerpo húmedo para ti —la verga bajo su mano, erguida p p or sus palabras, la envalentonó para proseguir—, de mi olor en tus fosas nasales olisqueando como un semental a su yegua preparada —un rugido animal broto del pecho masculino—, de mi sabor en tu boca —gloriosa rendición—, te atormentará más si cabe. Gemirás por mí, tu polla llorará por tenerme y sabrás, diavolo, sabrás que yo siento lo mismo, que ansió estar contigo y que me penetres. —Lo liberó procurando que la caricia fuese lo suficientemente evidente para todo el salón, lo liberó de su agarre con la suficiente presión para que su verga se resintiese con dolor y placer al mismo tiempo—. Sí, diavolo, vicioso esposo mío, tu error fue follarme.
Esas últimas palabras brotaron de sus labios en un medio grito lujurioso repleto de sensaciones contenidas por mucho tiempo que llenó de excitación la sangre de la mayoría de los hombres del gran salón, provocando que el deseo corriera por sus venas hasta sus propios sexos.
Constanza Demontre echó un último vistazo a todo el salón conmocionado. Pútridas almas que ardían con ambición. Sus ojos se clavaron en el alto hombre erguido a tan sólo un brazo de distancia. Una última mirada. Una última petición. Una última apuesta.
—Chao, amore… —Con estas últimas palabras dejó la estancia sabiendo que el diavolo no seguiría su estela tras ella. Maldito hombre.
4º parte: SABANAS ROJAS.
Incesante dolor. Irremediable. Imperecedero.
Ese dolor que lo llenaba por dentro, tan reconocido. ¿Podría vivir sin sentirlo a todas las horas del día? ¿Podría vivir, el monstruo, sin tocarla, sin probar el dulce néctar de sus muslos, otra vez?
Sin fuerzas en el cuerpo, duro de la necesidad, tomó la botella de vino Grappa entre sus manos estremecidas. Los temblores, producidos por el hambre atormentadora que llenaba su ser, volvían débiles sus extremidades.
El vino especiado regó su garganta con la intención de saciar su sed, el fuerte sabor a alcohol ni siquiera mitigó el sabor de ella en sus papilas. Su fuerte pecho se estremeció bajo la intensidad de su respiración. El olor a mujer estaba pegado a sus fosas nasales.
El vino pasó por sus tejidos como liquido ardiente aposentándose en su vientre, generando una fuente de ardor, de calor infernal. Sus ijadas rugían. Sus testículos se endurecían. Su polla estaba al punto del dolor, rígida, una vara incandescente. No quiso tocarse, ni liberar su semen sobre su mano.
Quería sufrir. Incinerar esos sentimientos que habían sido de nuevo despertados. A su monstruo. El dolor era tan conocido para él como su propio rostro marcado por el fuego. Todo había sido tormento, patente dolor, sufrimiento y hambre. Por lo que este incontenible ahogo, esta irreprimible necesidad de buscarla y tomar como suyo lo que le pertenecía por nombre y derecho, era para él una carga conocida, un hambre voraz.
La muerte.
La grappa recorría su organismo en olas ardientes, licuando sus músculos, relajando su carne.
Cerró sus ojos ardientes a las múltiples posibilidades que atosigaban su mente. Cazar, doblegar y despojar.
El monstruo borracho de miseria que portaba en su interior gritó como un loco por hacerse oír. Monstruo, aberración... hijo de puta.
Se miró las manos convulsas, esas manos que habían tocado su tersa e inmaculada piel. «Il mio dio, ¿qué había hecho?» Ahora sería imposible ocultar a ese engendro que quería resurgir de lo profundo de su vientre, el mundo conocería todos sus secretos y ya no habría nada que ocultar. No, maldita sea, no.
Tragó más grappa con el ansia propia de un bebedor compulsivo. Bebió, bebió hasta que la botella soltó su última gota. El mundo ante sus ojos oculto por las perfectas cortinas de terciopelo color borgoña se nubló. Levantó la mirada ida a la claraboya donde el cielo de Venecia brillaba cuajado de estrellas.
Su cuerpo borracho por la masiva cantidad de ingesta de alcohol, cayó hacia atrás, sobre las sabanas rojas de pura seda como la piel femenina, laxo.
Y el monstruo tomó el mando de la situación, renació de lo hondo del cuerpo postrado. Del hambre, de la sed, de la embriaguez.
Anhelo, deseo, avidez.
Y los labios flácidos permitieron que el monstruo se expresase de la única forma que sabía, con las palabras tan fuertemente guardadas, tan bien atesoradas para no ser oídas: «Ti amo, Constanza».
De las sombras la figura oculta emergió con la rapidez de un ladrón nocturno. Buscaba robar algo que la pertenecía.
Él.
Los guardias no notaron su presencia. Se deslizó suavemente como el más veterano y acérrimo ladrón, que penetraba como un solo ser con las sombras.
Sin ruido, sin tan siquiera el más leve susurro, Constanza se escabulló entre las pesadas cortinas borgoña de nuevo, entrando en la carnal guarida del diavolo. La claraboya dejaba entrar un haz de luz que iluminaba la cama de satén rojo. Las mismísimas sabanas del diablo. Rojas como la sangre rugiente de sus venas.
Y allí como un león durmiente, sosegado y dulce se encontraba la pesadilla de cualquier hombre y el deseo de cualquier mujer.
Deseado y temido. Monstruo y amante. Ser lascivo que la poseía en sus sueños, humillando sus sentidos, ardiente en sus necesidades. No era más que el cúmulo del ardor comprendido en carne humana e inhumana.
De nuevo, como en un sueño ya vivido, se deshizo de su capa, desnuda, expuesta. Se acercó con sigilo, sus pies fríos por las tablas de madera, hasta la cama.
Él dormía.
El especiado aroma del buen vino atrajo sus sentidos. Una botella vacía brillaba entre las sombras y el suave resquicio de haz de luz. Una botella de grappa olvidada después de su uso. Terrible comparación.
Él permanecía acostado de espaldas, la cara vuelta a un lado, los fuertes rasgos iluminados por la luz entrante, las cicatrices visibles que afeaban su rudo rostro de estibador. Esas cicatrices que a la vez le daban una masculinidad suprema. Arrolladora. Extrema. Que hacían que su sexo ardiese, que de sus labios vaginales brotará un río de flujo. Esas cicatrices que en una primera vez la habían estremecido de asco y odio. Entonces era una niñata, ahora una mujer.
Las cicatrices seguían su senda por la piel masculina, como un tumulto de caminos blanquecinos, algunos rojos, otros con el color propio de la carne rugosa, por su fuerte cuello, donde el fuego arrollador había marcado, quemado, consumido a su paso, hasta la base de la clavícula. A partir de ahí, la piel era lisa y suave. Sólo levemente áspera por el vello crespo que la cubría. Los fuertes pectorales, las costillas marcadas, los perfilados músculos gracias al fuerte trabajo. El vientre surcado de maravillosos abdominales que simulaban las maderas fuertemente unidas de una góndola, unas con otras, hasta formar el cuerpo de la embarcación. El resto permanecía velado ante sus ojos por la suavidad de la sabana.
Tomó la sabana con sus manos y la deslizó, desvelando de forma gradual el cuerpo, gloriosamente desnudo, masculino, hecho para pecar. Una y otra vez, pecar entre esas invitantes sabanas rojas.
Todo piel, carne, músculo, traído a este mundo por Dios para ser contemplado, acariciado y amado. Un ser imperfecto para el mundo, perfecto para ella.
El poder de la noche brilló a través de ella. El poder de tenerlo a su merced, bajo sus manos.
Un leve ronquido surgió de los labios masculinos entreabiertos por el sueño profundo en el que estaba inmerso. Un sueño placido inducido por la ingesta de la grappa. Constanza sonrió con regocijo ante el sonido vibrante que brotaba por esa boca ruda y profundamente carnal. El sonido más humano que un monstruo como el diavolo podría emitir. Pero esta noche ella necesitaba que de la sensual boca de Lucien brotasen los ecos del deseo, los roncos gemidos de la pasión desde el mismo infierno donde él se veía preso. El engendro encontraría una salida a tanta adversidad, al hambre y a la necesidad total de ser aceptado.
O eso esperaba. Lo quería con todo lo que tenía. Y si este padecimiento, ese dolor que sentía al verlo echado sobre la inmensidad roja de la cama, solo, profundamente marcado por la vida, era amor; sería suyo el privilegio de amarlo.
Retiró del todo la sabana, con la suave caricia de la más leve pluma, arrastrando la tela delicada por el bajo vientre del hombre, por sus piernas, hasta el suelo de la góndola. Respiró hondo sintiendo sus propias extremidades trémulas al mostrar la perfección invitante postrada ante sus ojos. Mientras que el rostro de Lucien se encontraba marcado con las terribles heridas que desfiguraban su cara, el resto de su cuerpo era infinitamente bello. Perfecto, musculado, con toda esa fantástica piel bronceada impúdicamente resaltada por el rico color rojo de las sabanas de seda. Un rostro infernal, un cuerpo celestial. Ángel y diablo, en un mismo ser.
—Constanza…
El aliento dormido en forma de nombre emergió de esos labios prodigiosamente esculpidos, algo inaudito en un rostro tan desfigurado. Esa única palabra ungida con el dolor necesitado del hombre exponía con certeza pasmosa lo que ella misma sentía.
—Constanza… —repitió como un lamento inagotable. Una fuente de sufrimiento interno.
Controló la ardiente miseria que recorría su vientre, bajo el influjo de su nombre en los labios de Lucien; el hambre absoluta, la mendicidad de ese amor que envolvía su cuerpo vehemente de privación. El ahogo de querer que esos poderosos brazos la envolvieran contra ese prodigioso pecho.
Él gimió de nuevo en su sueño. Con opulenta exaltación.
La afrenta infligida por ella misma, en su desdichada huida del matrimonio decretado por su padre hacia cinco años, fue mortal. Con el absoluto conocimiento de que, una vez ocasionada, la herida se convertiría en un virulento odio hacia su persona. Las temerosas palabras, una vez expresadas, lanzadas al aire para producir el mayor dolor posible, se clavaron en sus entrañas. Hacia tanto de ellas ya:
—Diablo, ser inmundo, no me toquéis... ruego, clamorosa suplica.
—Mi esposa, enseñadme vuestro rostro... humilde petición.
—Nunca. ¿Me oís?, os odio... despótica respuesta.
El juramento resonó en sus oídos, seguido de la penetración en su útero en certero sufrimiento. Un calvario inmenso, labrado en sangre. La sangre que brotaba en cascada fluida por su sexo tomado con fuerza. Violado. Sangre escarlata… roja…
Constanza cerró los ojos con desolación queriendo olvidar ese terrible momento. Rojo. Grana. Como las sabanas de seda. Se arrodilló sobre la cama, entre las piernas abiertas del hombre dormido.
—Esposa… —susurró agónico, estremecido, tan leve en su volumen. Silencioso salvo para ella que se encontraba a tan sólo escasos centímetros de esa boca lujuriosa.
Las manos de Constanza formaron dos idénticos puños, encerrando en su interior la suavidad secreta de la sabana. El gozo, el deleite renacía en sus entrañas. Él pedía por ella. En la inconsciencia de su sueño, bajo el dominio del alcohol, la desazón se percibía en sus labios. Deseo, hambre y ansia, conjunta y sólidamente unida en una misma persona.
—Mía… —Moría por dentro.
¿Podía ser el monstruo el que hablaba por Lucien, a través de esos sinuosos labios? ¿Podía ser el engendro que tantos proclamaban que era, el que necesitaba de sus caricias? Las palabras nacían en tormento. Ciega, actuó.
Sus manos, temblorosos trozos de carne en necesidad por tocarlo, subieron por la vellosa aspereza de sus muslos, hasta centrarse en la forma maravillosamente esculpida, que surgía de un sinfín de rizos oscuros. Para nada dormida. Sino totalmente altiva en su escultural belleza. Todo él era poder. Poder fogoso, poder exuberante. La carne tumefacta latía en el rugido animal de la sangre al atravesar el miembro por las venas en cada latido ardoroso del corazón. Esa sangre que seguramente sería del color rojo, fértil, fluido, colmando a su paso las cavernas vacías del pene.
Acercó su boca a la rugiente cabeza del miembro masculino. El olor característico de la excitación, la humedad propia que nutría la polla en preparación para una posible penetración, resurgían del pequeño orificio que coronaba la verga ardorosa en la plenitud de la erección. Lamió con exuberancia el líquido calor. El sabor de la piel masculina llenó sus papilas gustativas, el olor particular de la copula, el regusto exclusivo del cuerpo de Lucien.
Lucien se removió sobre la cama, al sentir la caricia lubrica de la boca. El calor manaba de sus ijares, anhelo tumultuoso, ardiente necesidad de dominación. Un glorioso sueño donde el monstruo podía tomar dominio de sus actos, en el cual el espantajo tendría la fortuna de tocar de forma estremecedora a la mujer que colmaba sus sueños. Amar. Desear. Llevarla en el corazón. Y liberarse por completo. Maldito sueño, maldito él, porque cuando despertase seguiría totalmente solo sobre las sabanas rojas de la cama. Una pesadilla.
—Mía… mía… —La boca masculina moduló el posesivo, carnalidad absoluta en el tono profundo y ronco influido por el sueño.
Constanza sintió el conmovedor sonido en el mismísimo centro de su útero. La llamaba. Clamaba. Gritaba en lujuria su necesidad que, atosigadora, se identificaba en ese portentoso miembro duro y asombrosamente erecto. Tomó entre sus labios la dureza, la gloria personificada en esa verga, con un gruñido, con clandestina intensidad, chupó con avidez, con suntuoso cuidado toda la envergadura, desde la base que se unía mediante la suave piel del escroto a los testículos, hasta la punta de la cabeza, donde el pequeño orificio, untuoso por las leves gotas de semen que brotaban de él, aullaba en agonizante bramido de liberación. Liberar al monstruo. A la defectuosa forma que gloriosamente era ocultada al resto del mundo. Venecia se perdía toda esa delicia que, ladinamente, ella acariciaba en la oscuridad del habitáculo cerrado a la Ciudad de los Grandes Canales por las magnificas cortinas borgoña.
Siguió chupando con ansias renovadas, la lengua lamía en suaves y precisas pasadas por todo el tronco venoso que pulsaba con los pujantes latidos de la sangre roja como una marea relampagueante rompiendo contra los agrestes y escarpados acantilados en una playa desconocida y lejana. El mar rugiente, las olas desgarrando trozos de roca y arena.
Su boca se centró en la cabeza amoratada y sonrosada. Brillante por la humedad perlada que nacía del pequeño orificio que la coronaba, de la humedad de su propia saliva. Las manos infligieron un suave masaje a los testículos, percibiendo la suavidad carnosa de la piel, envolvente, portando la dilatada extensión de carne.
Lucien gemía, el ronco sonido se extendía por su pecho hasta su boca. Sus labios entreabiertos permitían que el sonido del inframundo emergiese sin control. Excitado. Muerto por dentro por la necesidad tanto tiempo guardada. Sufrimiento. Ardor. Dolor. Despertar sería tan sólo claudicar a los sentimientos tan bien guardados en sus entrañas. Lacerar sus tejidos. Colmar las expectativas de tanta gente al ser destruido. Hundido en la mísera vida que tenía que vivir. Si el monstruo era una parte importante de sí mismo, si el diavolo que permanecía encerrado en su interior tan profundamente como los sentimientos que sentía por esa maldita mujer, la cual le pertenecía abiertamente, ¿porqué no mostrarse tal como era? ¿Qué pasaría entonces? ¿Sería tan terrible? ¿A qué maldito Dios tenía que rogar, rezar, para que ella fuera suya, y no sólo de nombre? ¿Debía pactar con el propio Diablo, perder lo poco que quedaba de su alma mortal? Por una mujer… Por sentir el fuego de esa mujer, el brebaje viscoso de la vida manando entre sus muslos, por él.
—Mía… —Su voz sólo fue un ruego al cielo. Un despertar de los sentimientos.
—No, amore… Mío… Todo mío —dijo ella al tomar el miembro en la caverna húmeda de su boca.
Lucien despertó ante las suaves palabras ligeramente susurradas sobre su polla. Y la pesadilla se hizo realidad. Y sólo pudo correrse en la boca de la mujer, que astutamente se había introducido en las sombras para utilizar sus artes de bruja con él. Bruja magnifica en todo su esplendor que tragaba con fluidez y hambruna cada gota que su verga vertía sobre sus labios. Unos labios tan rojos y sensuales como las sabanas de seda sobre las que inauditamente no se encontraba solo. Sino con ella… con ella… ¿Habría verdaderamente tomado el Diablo sus palabras expuestas, en su mente como un deseo expresado y aceptado la venta de su alma, de lo poco que le quedaba, por tenerla en su cama? O puede que Dios hubiera escuchado su suplica. Amar. Renacer con este amor que lo embargaba. ¿Sería posible?
Loco idiota. Ciego borracho.
Aberración.
Engendro.
Monstruo.
—No…, no. —La negativa de Constanza fue salvaje al sentir las manos masculinas tomar sus mejillas intentando apartar su cara de la verga dura—. Dámelo… lo quiero todo de ti… amo tus cicatrices, amo tu cuerpo, amo tu semilla.
El gimió. Rugió como un animal encerrado en un cuerpo que no era el suyo. En una prisión pútrida. El constante movimiento de la mano de la mujer lo estaba llevando a la locura, a la vorágine de la descarga.
—Perra, mientes. —Apretó los dientes intentando no verter más semen en esa boca suculenta y rosada. El alcohol perjudicaba sus movimientos y hacía estragos en los sentidos altamente estimulados para el orgasmo, para la liberación de su semilla por esos tiernos labios.
— ¿Mentir? —dijo ella. Sus dedos bombearon fuertemente la piel que permanecía tumefacta aun después del orgasmo masculino. El poderío que mostraba ese órgano, la rigidez, la extrema fuerza con que la polla guardaba su simiente en sus testículos, no era más que la absoluta dominación que él intentaba demostrar—. ¿Crees que miento?, diavolo corrupto, aquí el único que miente eres tú.
Con rabia cogió una de las manos masculinas hasta empalarla entre sus propias piernas.
— ¿Y ahora? —Los dedos de Lucien, recolectaban la humedad que brotaba de los tersos labios vaginales—. ¿Crees que esto es producto del odio, del asco o de la mentira? ¿Qué he mojado mi sexo con mi propia saliva?
Le forzó a meter un dedo en la cueva húmeda y caliente de su coño. Las paredes musculadas y anilladas, acogieron el dedo de forma apretada, como el más fino guante de seda. Lo envolvieron en su líquido calor. Sintió la fluida humedad mojar su dedo.
— ¿Esto es mentira?, dime Lucien —Constanza estaba al límite—, ¿cómo puedes explicar que mi sexo clame por ti, por tu carne?
Un ruego lloroso.
— ¿Qué es lo que quieres de mi, mujer? —inquirió él de forma estremecedora, en el borde de sus posibilidades. De la liberación total del monstruo, del hambre portada en su interior, del alma tortuosa, de la pútrida necesidad, de la pobreza de su ser—. Dime, Constanza, ¿qué es lo que deseas de mi?
—Esto… —Constanza aprovechó la tregua que él la daba y con un rápido movimiento se colocó encima del hombre acostado en las sabanas del color de la más pura sangre húmedas de sudor, empalándose de manera precisa hasta la empuñadura. Los tejidos se abrieron al paso de la fuerte embestida. Tejidos, carne, laceración.
Ambos gimieron al unísono. Constanza, al sentir en sus paredes el acoplamiento total sobre el pene incrustado en su vientre. Lucien, al comprender que el monstruo, esa mitad de sí mismo siempre había estado presente, libre, completamente dominante de la situación. Quimera absurda. Las riendas que creía totalmente en su poder, tensas, laboriosamente presas de sus emociones, eran aire, una bruma de engaño a sí mismo. Gimió ardoroso, el flujo lechoso, el calor ardiente del coño de Constanza, lo estremeció, y el monstruo adormecido, se glorificó y renació de las cenizas.
—Monstruo, libérate… fóllame. —Constanza comenzó un cadencioso movimiento con sus caderas, con la suavidad propia de toda mujer al querer alargar el acto, la cópula entre dos cuerpos—. Lucien, déjame demostrártelo, déjame borrar todos estos años. Sé que parece imposible pero he cambiado, no soy la misma persona. No soy la misma mujer. Y te amo, maldito seas, te amo y he venido a luchar por ti, a combatir contra ti si hace falta, y a matar por ti. —Las caderas bajaban y subían sobre el miembro increíblemente inserto en su vagina. Ni siquiera el alcohol ingerido había menguado la erección en su verga.
Constanza clavó su mirada en el rostro deforme, en los labios inusualmente definidos, en los ojos líquidos, pozos de ámbar. Se irguió sobre el cuerpo de Lucien para enterrarse con ardor sobre la polla, consiguiendo que sus vellos púbicos fueran indistinguibles. Tomó las manos recias del hombre, para anclarlas sobre sus pechos bamboleantes por el movimiento tórrido de sus caderas en la velocidad de la penetración. Esas manos, fuertes, callosas del duro trabajo, agarraron con fuerza los delicados senos, estrujando la carne, los pezones tiesos se empalaron en el centro de la palma masculina.
—Siento tu dolor como mío. —La voz de Constanza surgió ronca de su garganta. El deseo, el vahído de la pasión, el calor lubrico atormentaba sus genitales que ardían en la constante fricción. El sonido de la penetración jugosa reinaba en la cámara. Los gemidos de los dos cuerpos desnudos tan sólo eran el canto rico y caliente de la unión. Uno esclarecedoramente dispuesto, el otro rotundamente vencido por la necesidad y por la grappa—. Siento tus cicatrices como mías…
La carcajada que renació del pecho del hombre, era una burla, una injuria.
— ¿Mentirosa compulsiva, cara mía? —Burlón Lucien observó a la esplendorosa mujer que lo tomaba, que lo estaba follando, como ninguna otra. Era tan hermosa. Tan magnífica—. No te preocupes que no te lo tomare en cuenta —deslizó sus manos callosas desde sus pechos hasta el vientre arqueado para llegar a las caderas oscilantes—, pero no pienses ni por un momento que tienes el control. —La agarró con fuerza por las caderas, clavando con fiereza los dedos en la tierna carne. Empujó sus propias caderas en cada penetración. Gimió sensitivo al percibir cómo el útero acogía su polla en todo su volumen, cómo su verga penetraba hasta conseguir tocar las entrañas de la mujer.
—Il mio dio. —El gritó de Constanza sonó dolorido, gimiente, vigoroso. Echó la cabeza hacia atrás, su caballera salvaje acarició las rodillas del hombre— ¿Qué…?
Él volvió a penetrarla con fuerza. La cabeza punzante de su polla atosigó, tocó con autoridad, justo en la parte central de la matriz.
Ella lo sintió como un martillo candente. Punzante. Picante. El aguijón de una abeja en su mordedura sobre la carne. Gruñó con ferocidad.
— ¿Te gusta, bruja? —Él atacó su vientre una y otra vez. Con fuerza, con la exuberancia que le otorgaba una botella de grappa en sus venas. Parecía que el sustancioso vino italiano, recogido de las vides enraizadas en la tierra del Venetto, se convertía en su sangre en el más puro afrodisíaco. Sentía su miembro a punto de estallar, envuelto en el fluido calor, en el líquido terrenal que brotaba de ese magnífico coño, íntimamente mojado—. Te dije que esto era un acto de carnalidad… —Arremetió con potencia visceral, en frenesí.
Lubrica.
Lujuriosa.
Constanza gritó su orgasmo a las cortinas de color borgoña. Gritó de forma primitiva. Gritó convulsa. Sus entrañas se corrieron en el líquido calor, mojando sus muslos, las sabanas rojas. Sollozante por el placer, cayó sobre el pecho masculino.
Lucien vertió su semilla en el interior de ese vientre estremecido por el orgasmo, consiguiendo su propia liberación, el coito supremo. Un corrimiento de tierras. Una demoledora premonición. «Nunca habría nadie como ella». Enterró su polla en lo profundo del abierto útero después del orgasmo. De la pérdida de consciencia tan solo del apagado deseo, de la aceitada placidez después del polvo.
—Ya tienes lo que habías venido a buscar —susurró sobre el suave pelo que como una manta tapaba su pecho—. Ahora vete…
—No. —Constanza levantó la cabeza—. No.
— ¿No? —Las hirsutas cejas se arquearon sobre la fuerte frente mancillada por las cicatrices.
—No —dijo ella, cerró los puños ante la posibilidad de tener que luchar contra él—. Esta vez no. Si quieres una mujer, si quieres una putta para tus noches, yo seré esa mujer, yo seré esa putta.
Él rió sin humor ante esas palabras tan bien dichas, con tanto sentimiento. Tomó la garganta delicada de la mujer con una de sus manos. Sintió la delicadeza de la piel, la suavidad del tronco del cuello, la posibilidad de rompérselo como una leve ramita.
—Qué fácil seria matarte en estos momentos —dijo él. Realmente que simple seria—, ¿y sabes lo que lo haría aún más fácil? que nadie movería un sólo dedo por ti, porque estoy en todo mí derecho.
Ella tragó ruidosamente. El calor de la mano envolvía su cuello, la garganta se encontraba levemente presionada dificultando el paso del aire a sus pulmones. El calor adormecido de forma sinuosa, brotaba de sus sexos todavía unidos. Fláccidamente la polla del hombre permanecía en su interior como queriendo no salir nunca.
—Entonces mátame, si es ese tu deseo. —Con esas palabras labradas a fuego, su destino estaba en esas fuertes manos, rudas, crueles, maravillosamente pecadoras—. Mátame, si es ese tu derecho.
Los ojos de Lucien brillaron perversos, dos rendijas de pura luz incandescente, como dos focos luminosos entre tanta aberración, entre el tumulto desfigurado de su fisonomía. La mano libre, buscó bajo la almohada roja, retirando una mortífera daga. Un pequeño estilete. Letal.
Constanza contempló el estilete. Apretó los labios secos ante el brillo de la hoja del pequeño puñal. Apretó con fuerza los dientes para no soltar el gemido temeroso. Él iba a tomar su vida como el impúdico diablo que Venecia proclamaba que era.
El frío metal sustituyó a la carne masculina, dejándola paralizada por el temor. La mano bajó desde su cuello hasta tomar en pecho helado y ruboroso tras la cópula. Una leve película de sudor florecía de los poros de la mujer. El miedo era patente en su mirada. El recelo por el desconocimiento sobre el próximo movimiento de Lucien. Cerró los ojos ante el glorioso hombre ahí postrado, ante la desnudez pecadora totalmente perfecta en la imperfección, vistosamente reveladora ante la falla de ese rostro marcado. Fuego en el vientre. Fuego en su sexo. Apreció la respuesta fogosa del hombre en sus entrañas. Él volvía a excitarse. Y esa fue la respuesta que necesitó para no doblegarse a los deseos imprecisos del monstruo.
Una de sus manos envolvió la hoja mortífera del estilete. La punta del arma en la base de su garganta, pinchando la carne.
—Está bien, Lucien. —Su mano apretó la hoja hasta sentir el filo clavarse en la palma—. He venido aquí a mendigar las migajas que estés dispuesto a darme. Quiero tu amor. Y si este es el precio que quieres que pague, pagaré. —La mano apretó más, la sangre resbaló por el filo de la hoja hasta la empuñadura. La herida infringida dolió como el demonio, pero ella permaneció estática sobre él.
—La muerte —contesto él. Ver esa sangre recorrer sus propios dedos y caer sobre las sabanas rojas, estimuló todas sus terminaciones.
— ¿Quieres mi muerte? ¿quieres que vierta mi sangre por ti? ¿es lo que quieres? Hecho. Concedido. Moriré por ti. —Sus dedos mojados de la sangre que seguía manando de su palma, envolvieron la mano masculina con fuerza férrea—. ¿Qué es vivir sin ti en esta infecta vida sino la muerte? Dímelo, Lucien. Te libero de mí.
Constanza se despidió con una última mirada. Cerró los ojos ante la muerte. Y empujó el filo letal hacia su cuello… Tomó aliento, sus fosas nasales percibieron el rico olor tan característico de Lucien, el olor de la cópula y la satisfacción de los cuerpos. Y la daga penetró…
— ¡No! —Como un bramido animal, el sonido gutural de dolor resonó en la noche, hacia la claraboya que dejaba pasar la luz estrellada y brillante. El estilete cayó sobre la cama—. Basta… basta. —Había dolor, había pasión, había necesidad—. Dios, Constanza, qué he intentado hacer…
El cuello de Constanza mostraba claramente lo cerca que habían estado de perderse el uno del otro. Un rasguño rojo sobre la inmaculada piel blanca. Una terrible apuesta por parte de ella. Si él no la hubiera detenido en el último momento, unos segundos después la sangre vertida por la lesión infringida habría sido mortal. Justo en la misma yugular, empapando las sabanas en una marea roja de muerte.
—Lucien, he pagado tu precio, ahora ámame… ámame… glorioso diavolo, tómame como tu mujer, tómame y aprendamos de estos cinco malditos años. Sé mi amor, sé mi esposo, sé el aire que respiro, porque yo seré lo que tú quieras. Lo que desees. Lo que necesites. ¡Maldito diablo!, ámame como si esta noche fuera la última.
El monstruo no pudo más que claudicar. Vencido por esa mujer que lo poseía por completo. Las palabras tanto tiempo ocultas en su interior, tomaron forma, consistencia, necesidad.
—Ti amo, amatta mía. —Qué fácil después de todo resultaba lanzarlas para que fueran oídas.
—Ti amo, engendro. —Había ganado este asalto.
Pero el monstruo, ese ser corrupto y lascivo no podía dejar pasar esta oportunidad y dejó claro lo que durante años le habían inculcado a fuego. A golpes. A extremas cicatrices.
—Que así sea, amore, pero que el Cielo me oiga, que los Ángeles Caídos que reinan en el Infierno me escuchen; si te olvidas de esta promesa, si alguna vez te arrepientes de esto, clama a Dios que te salve, clama a Satán que te acoja en su seno porque me convertiré en el diavolo, en el destructor inhumano que Venecia piensa que soy. Óyeme, Constanza, escúchame o huye ahora mismo, yo, Lucien Demontre, te amaré con todo lo que tengo, te acariciaré, te querré sobre todas las cosas, porque eres mía, me perteneces, eres la posesión más bella para mi, y seré tuyo en cuerpo y alma, pero si me mientes… si me estas mintiendo… te juro que no habrá lugar donde huir porque mi venganza y mi sed de tu sangre serán terribles.
Una promesa que sonaba a destino. Un destino juntos.
—Oh, mi ardiente diablo, ¿no lo entiendes? ¿No lo sientes siquiera? No hay nadie en este mundo ni nada que pueda cambiar mis sentimientos por ti. Una vez, esto empezó de forma errónea, con sangre, con dolor. Pero ahora… ahora… es más… mucho más… Estoy aquí porque quiero estar, porque te necesito en mi vida, porque por lo que me es más sagrado tú eres lo que amo, y porque hoy ha nacido una diabla, una diablesa para un diablo. Y te amo… te amo… maldito diavolo, ti amooo…
Tomó en su mano el estilete de nuevo y cortó con saña la palma de la mano que no estaba herida para ungir una de las manos masculinas, leves gotas de líquido espeso y fértil se perdieron en el opulento color de las sabanas.
—Que esta noche, mi amor, que esta noche bajo las estrellas, bajo el cielo de Venecia, toda la ciudad conozca nuestro juramento. —Constanza abrió las cortinas de terciopelo, mostrando la cama a la ciudad. Desnudos ante Venecia—. Que nazca con sangre, con pasión y con el amor, este voto… Te amo, diavolo con o sin cicatrices…
—Muy bien, pequeña bruja, diablesa. —El ronco susurro se perdió en la noche—. Espero que no te retractes de este juramento eterno, indisoluble, imperecedero, hasta la muerte. Porque sólo la muerte podrá separarnos, abbastanza.
—Para siempre, para toda la eternidad.
—Mía… mía…
—Mío… mi diávolo…
Las carcajadas dichosas de Lucien se elevaron al cielo centelleante. Y Venecia se enteró. Claro que se enteró. El diablo había encontrado a su terrible diabla. Eran uno solo. Una parte de un todo. Y Venecia se rió a mandíbula batiente. ¡Qué gloriosa unión!
El ruego había sido escuchado. Las promesas vertidas. El monstruo calmado. Y una mujer había encontrado la fuerza y la resistencia para vencer todas las adversidades.
—Belleza, ¿dónde has aprendido a montar a un hombre de esa manera? —La pregunta elogiosa fue seguida del movimiento de dos cuerpos unidos, excitados.
—Lucille... —Constanza sonrió, sintiendo la potente penetración de la verga erecta en su vientre.
— ¿Qué? —Sorprendido el hombre cambió las posiciones sobre las sabanas. La miró a los ojos. Negros estanques.
—Sí —asintió ella. Su cuello se arqueó al notar la cabeza pulsante de la verga en el interior del útero, en el pequeño hueco, donde el placer era dolor y el dolor placer—. Acudí a la Meretriz buscándola, llena de celos. —La fricción en su coño, con cada acometida, era evocadoramente ardiente, calurosa en la humedad segregada por los sexos—. Y aprendí muchas cosas que no sabía de los hombres, del placer y de mi misma —el miembro se acoplaba perfectamente—, y que nunca, nunca, en todos estos años, habías tocado a ninguna mujer. ¿Porqué, Lucien? —gimió hambrienta.
La pregunta era simple y la respuesta también. Y Constanza sabía cuál era esa respuesta.
—Porque ninguna me pertenecía. —Fue la llamada animal que del inframundo emergió.
—Diavolo... —susurró en los espasmos del placer. Gemido de éxtasis.
Y Venecia se ruborizo ante el paso de la góndola por el Canal.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario