lunes, 6 de julio de 2009

EL CASTRATO


Con 17 añitos de nada fui a ver una pelicula que marco para mi una epoca: FARINELLI, EL CASTRATO... a parte de gustarme la pelicula en si... lo que me encanto fue la BSO.... Llamarme LOCA... pero aqui va mi tributo a los Castratos...





IL CASTRATO.

1740, Paris.

Contempló las ascuas del fuego. Consumido por la falta de alimento. Muerto.
Aterido se arrebujó con la bata deshilachada que colgaba de sus esqueléticos hombros. Hambriento. Podredumbre. Escuchó el sonido de pequeñas patitas recorrer el suelo sucio de la habitación. Ratas.
Ratas que podían con sus pequeños dientecitos arrancar el corazón del pecho de una persona a mordiscos. Una muerte lenta. Morder la carne. Arrancar los tejidos y los músculos hasta esa víscera tan elemental para la supervivencia. El corazón.
Pero ¿y si no poseías corazón? ¿Y si te lo hubieran extirpado del pecho? En el hambre seguirían necesitando comida para alimentarse. Y bajo la piel formarían túneles de carne hasta adentrarse en la cavidad ventral y atacar las demás vísceras: Estomago, hígado, intestinos... Y apagar el hambre.
Se tambaleó sobre sus piernas débiles. Agotadas como el mismo fuego que contemplaba. El músculo había desaparecido consumiéndose hasta que las piernas faltas de carne no lograban mantener su peso sobre ambos pies.
¿Qué harían las ratas al no encontrar un estomago, unos intestinos, un hígado… del cual sustentarse? ¿Qué harían esos terribles e inteligentes animales? ¿Qué parte se comerían antes? Quizás un pie, acaso los dedos de una mano… ¿Qué, maldita sea, tomarían primero cuando él, falto de alimento, cayese al suelo desmayado por la inanición? ¿Qué le arrancarían primero? Su corazón no, puesto que no tenia. Y esperaba que si ese órgano estaba dentro de su pecho ocupando su sitio correspondiente fuese lo primero en alimentar a esos infelices animales. No habría más sufrimiento. Ni más dolor. Ni más deseos. No habría nada. La muerte y él. Lo que quedaba de él.
Se sentó enfrente de la estufa de leña sin dejar de contemplar los visos anaranjados en ese profundo negro. En esa cavidad negra. Como el mismo centro de su pecho. Negra. Oscura. Perdida. El sillón orejero crujió bajo su leve peso. La polvorienta tela envejecida por el paso de los años y del uso, soltó en el aire una nube de polvo que de nuevo se acumuló sobre el sillón y sobre él.
La botella de vino barato permanecía olvidada en su mano derecha. Esquelética. Mermada hasta los mismos huesos. Envolvía el cuello de la botella de forma acariciadora. Se estremeció de frío, ni siquiera el insípido vino podría calentarlo por dentro, ni siquiera el raquítico fuego podría calentarlo por fuera. Muerto. Frió. Cadáver.
Vacío.
La bata se abrió mostrando su cadavérico pecho, el vientre cóncavo del hambre padecida por largos meses, sus piernas flacas, su entrepierna. La pelusa negra resaltaba sobre el blanco enfermo de la piel. Unos pequeños y míseros vellos. Insignificantes.
El pene flácido.
La bolsa escrotal inexistente. Atrofiada.
Una sola cicatriz deformando la piel. Vacío.
Un medio hombre. No un hombre entero.
Un niño con genitales de hombre. Un hombre con genitales de niño.
Las ratas no atacarían esa parte de su anatomía. Inexistente anatomía. Esa parte seccionada de raíz a la edad de siete años. Un niño. Lloroso. Que gritaba de dolor, en el calor del agua en la cual estaba sumergido. Opio. Tumefacto. Los pequeños roedores no podrían alimentarse de la nada. Y mucho menos de esa polla insustancial.
La mano izquierda adornada por un sello de oro, recuerdo de los viejos tiempos, apretó con las pocas fuerzas en reserva, el amasijo de carne cicatrizada. Apretó hasta el dolor. Una nimiedad.
Il Cavaliere. El Celestial Cavaliere.
Fastuoso. Magnifico. La voz del paraíso tornado en terrenal. Su mayor enemigo en los escenarios, Farinelli «il ragazzo», El Divino Farinelli, lo había mirado con desprecio en sus ojos para exclamar obligado: «Ese Don sólo podía haber sido dado por Dios, para acercar a la humanidad el Paraíso, el Cielo». Él sólo podía tocar el Cielo con su voz, mientras que il ragazzo acariciaba la divinidad de Dios.
Ad Gloria Dei… Sólo por la gloria de Dios.
No consiguió sentir el corrosivo odio que durante meses atacaba su cuerpo, sentir el asco opresivo que cerraba su estomago, sentir el desprecio de seguir viviendo. Muerto.
Un puto vendido. Por posición, gloria y prestigio.
Un prostituto que no vendía su cuerpo. Porque no tenía cuerpo que dar. Un prostituto que traficaba con el único don que le habían otorgado. La belleza de una voz de soprano. Inaudito en un hombre. Precioso en un niño. Hasta las mismas prostitutas tenían un motivo para que noche tras noche su cuerpo fuera tomado de todas las formas infinitas que un cuerpo podía ser humillado. ¿Pero qué motivo poseía él?
Vanidad.
Estupidez.
Fortuna.
La repugnancia brotó de su vientre en forma de llaga purulenta. Ni siquiera el vino conseguía mitigarla. Apagarla.
¿Cómo un niño de siete años se enfrentaría a un plan trazado para preservar la maravillosa voz que su garganta entonaba con cada trino y gorjeo? El hambre. La pobreza. La miseria. Por una voz.
Su Don.
No recordaba el comienzo exacto de esa locura. Agua caliente. Ligero como una pluma. Un regusto dulzón. Opio. Y el profundo corte.
El comienzo doloroso a una nueva vida. Un tajazo sanguinolento. Donde una parte de sí mismo quedó olvidada en una bacinilla. Sangre. Mucha sangre. Y el conocimiento pleno de que su Don sería imperecedero. Eterno. Ad Gloriam Dei, sólo por la Gloria de Dios.
Después la condenación.
El estallido de un alma.
El pus purulento que manaba de la herida infecta.
La muerte a un sólo paso.
Estuvo a un paso de perderse en la oscuridad, el transito, el viaje sin retorno. Pero su cuerpo necesitaba ser inmortal. Reconocido. Celestial. Imparable.
Y así fue.
Como medio hombre. No hombre entero.
El alarido silencioso sólo se escuchó dentro de su cabeza apoyada en el sillón. Cansada. Extenuada.
Su Don forzaba a los hombres más fuertes y poderosos a llorar a lagrima viva, las mujeres entraban en un estado de frenesí por acariciarse ardorosas entre los muslos. Mover montañas. Curar reyes. Acercarlos al Cielo.
¿Qué era perder unos testículos por ese gran poder?
Un testículo por una voz, quiso gritar. Rugir. Arañar el aire. Pero la voz no brotó de sus labios fuertemente sellados. No formó las palabras. No moduló las notas.
Muerta.
Su voz estaba muerta.
Una voz por un testículo.
¡Comprada!. Pago trivial.
Qué entupido era, ¿cómo compraría una voz si no tenía testículos que dar? Pero sí estomago, intestinos, hígado…
Sintió las suaves patitas sobre uno de sus pies desnudos. Todavía no estaba muerto y esas malditas querían comérselo vivo. Pateo al animal. El sonido del cuerpo de la rata al rebotar contra la pared y el suelo no le causo satisfacción. Ni un grado de complacencia. ¿Sería ese el ruido que él causaría cuando su cuerpo tomase contacto con el suelo, una vez muerto? Otra rata más para revolcarse en la inmundicia.
Se llevó la botella a los labios y bebió con avidez. Puede que después del hambre extrema impuesta que lo llevaba a la destrucción total de su cuerpo, lo último que sus oídos oyesen fuera el sonido del golpe. Y de las ratas corretear sobre él.
Alivio. Un respiro. Y saber que su ser formaría música todavía. Un cuerpo al caer a la superficie sucia de piedra fría. Un estruendo. La obertura a una muerte anunciada.
Brindaba por ello.

—Señora Trevellaine, esta es la dirección —informó la lóbrega figura. El vaho de la noche, del frío, tomó forma en suaves volutas. El cochero permaneció impasible observando a la encapuchada mujer.
Rose Isabelle Trevellaine miró asustada el edificio en ruinas que erguido y tétrico se mantenía en pie sobre sus cimientos. Parecía crujir. Resonar en la calle. Se encontraban en la peor zona de Paris, donde las prostitutas eran usadas en plena calle por hombres de baja estofa, enfermos de necesidad y enfermos de sífilis y gonorrea. Cadáveres andantes. Donde esos cadáveres eran saqueados para rescatar el botín y ser usado en más prostitutas. Un círculo vicioso. Un círculo de muerte. Enfermo.
Se tapó la boca intentando no gritar de dolor. ¿Cómo el más grande de los castratis, Il Cavaliere, podía permanecer en esta basura? Entre toda esta enfermedad. Entre tanto cadáver descompuesto a la vista del mundo. A la intemperie. A las ratas. A los gusanos y demás animales que se alimentaban de la putrefacción.
Entre toda esta muerte.
Sólo había una respuesta y la respuesta que obtenía no le gustaba nada. Ni un ápice. Muerto.
Sacó unas monedas de su retículo.
—Necesito que me esperéis hasta que baje. —El brillo del oro acalló la protesta del cochero—. Si cuando baje estáis aquí, os daré el doble.
El cochero asintió. Si vigilaba bien podría ganarse una propina. La noche era tranquila. La calle parecía dormida. Nauseabunda. Silenciosa.
Rose entró por la puerta rota y astillada de la entrada del edificio desnudo. La entrada dio paso a una basta estancia donde nacía una elaborada escalera carcomida y falta de algún que otro escalón. Tres pisos. Tres pisos llenos de habitaciones dormitorio. Observó los escalones con resolución. Uno a uno fue probando la superficie de los mismos, para comprobar su solidez. Crujidos. Astillazos. La ascensión fue lenta.
En cada rellano los gritos del infierno rugían en sus oídos de forma dolorosa. Hasta dejarla sorda. Dolor. Pena. Sufrimiento. Las paredes amplificaban el sonido demostrando que tras esos finos muros de madera sólo había padecimiento, hambre y pobreza. «Mujer, puta sarnosa, sólo sabes chuparla…», «te voy a matar, perra, te voy a matar delante de esos a los que llamas hijos…»,… las voces intensificadas resonaban en sus oídos. Se dobló de dolor contra la vieja barandilla. Los ruidos de los sollozos de una mujer golpeada, de los gemidos de unos niños pequeños gritando. Clamando. Cuanta rabia, ira y odio contenían esas esqueléticas paredes.
Siguió ascendiendo, los golpes de carne contra carne, los gritos se clavaban en su estomago con cada escalón que subía. Luego un lamento. Y después silencio. Absoluto, únicamente roto por los crujidos de la madera al ser pisada.
En el último piso una puerta impedía su ascenso. Había llegado. Tomó el pomo con la mano y sintió el frío mortal del metal en su palma. Con la otra palma sobre la madera rugosa, abrió la puerta. El chirriar de las bisagras cortó el aire sepulcral. Y el olor a enfermedad y putrefacción golpeó su nariz con el paso del aire viciado de la habitación.
Habitación oscura y lóbrega. Aire viciado y nauseabundo. Frialdad. Desnudez. Se adentró sin pensar en las consecuencias de sus acciones. Había venido a rescatarlo. Esto era un acto de amor. De salvación. De deseo.
El tenue brillo anaranjado de unas brasas apagadas atrajo su mirada. En frente un sillón vuelto a esas brasas queriendo acaparar el calor fútil que brotaba. Una mano cadavérica colgaba de uno de los costados del sillón. Un anillo demasiado grande para el dedo esquelético se deslizaba hacia el suelo, pasando por el nudillo escuálido hasta golpear el suelo con su peso. El anillo rodó hasta sus pies, a través de la suciedad del suelo, atraído hacia ella por la inclinación del edificio. Los cimientos no durarían mucho en pie sepultando todo ese dolor, esa pobreza y ese odio.
Se agachó para recoger el anillo. Oro, ámbar, conjugados en una maravillosa pieza de diseño. Con ese anillo se alimentaría durante meses a la mayoría de los habitantes del edificio. Oro, ámbar. Il Cavaliere. Dorado. Celestial.
Sus pasos se acercaron al sillón, fascinada por una urgencia desconocida para ella hasta esos momentos. Su corazón golpeaba contra las costillas de forma dolorosa. Enamorada mujer. Loca mujer. Valiente mujer.
Rodeo el sillón. La potente esencia del vino barato, de la carne sucia y los de excrementos, lleno sus fosas nasales. ¿Cómo había llegado él a ese estado? ¿Qué es lo que había pasado para que estuviera medio muerto de hambre, sucio y macilento?
Retiró con dedos temblorosos un mechón sucio y apelmazado de cabello dorado de la frente alta. Nariz afilada. Pómulos marcados como esquirlas. Boca finamente perfilada. Ese rostro que antaño había sido un cúmulo de belleza angelical, fuerte y sensual, ahora era una sombra mermada en esa oscuridad. Estaba consumido, la piel se pegaba a la carne inexistente. Los ojos dos cuencas sin vida, cerrados. Las pestañas doradas sobre la piel sin vida.
Muerto.
Muerto.
Ad Gloriam Dei.
Se arrodilló en el suelo manchando su falda de seda. Lagrimas de dolor brotaron silenciosamente de sus ojos, mojando la escuálida bata que tapaba el cuerpo del hombre sentado. La cabeza pesada se apoyó en las piernas flacas y muertas. Y lloró por la perdida. Había llegado tarde.

Lloros. Lamentos. Carlo Bossi intentó salir de la placidez alcohólica en la que estaba inmerso. Alguien lloraba. Alguien se lamentaba. ¿Por un medio hombre? ¿Por sus genitales seccionados? ¿O por su muerte?
Había llegado al Cielo sin necesidad de utilizar su Don. Los ojos legañosos, como ranuras sangrantes, se abrieron. La cabeza de una mujer descansaba sobre sus débiles piernas. Lloraba con dolor, con el desgarro de un corazón herido. De amor. De odio. De pena. ¿Por él? ¿Podría ser que al final de su vida mísera alguien recordase que a pesar de todo era un hombre, con un Don, pero un hombre al fin al cabo? Un hombre muerto. Respiró hondo para gritarle en un aria gorgojeante que finalizase ese llanto desgarrador. Pero de sus labios sólo escapó aire. Aire. Aire… y nada.
Nada.
Rose levantó la cabeza bruscamente al escuchar el ronco rumor de unos pulmones respirando, el ronco clamor silencioso del aire pasar por unos labios agrietados. Abrió los ojos por completo al comprobar al hombre despierto. Los ojos masculinos eran dos ranuras dolientes, legañosas, enfermas. El color pálido del iris se intensificaba por el amarillo que bordeaba los ojos. Vivo. Vivo…
Los ojos se cerraron y dos pequeñas lagrimas gemelas brotaron de esos ojos hundidos. Vivo.
Su mano derecha rozó la mejilla enjuta, la piel parecía papel bajo sus dedos. Las pestañas doradas aletearon pero permanecieron cerradas. El cuerpo bajo la bata deshilachada estaba mermado hasta que la carne sobre los huesos era sólo piel.
—Carlo. —El nombre emergió de sus labios sin querer. ¿Cuántas veces lo había pronunciado en las noches que su marido visitaba su cama, en su cabeza una y otra vez, Carlo, Carlo, Carlo, como un grito agónico? Cientos. Cientos… demasiadas veces para su propia vergüenza. Una oración. Un rezo. Noche tras noche. Hora tras hora. Penetración tras penetración. Carne invadida. Desgarro sangrante. No pedía a Dios las fuerzas para aguantar la violación de su cuerpo, le pedía a él, a Carlo Bossi, la fuerza necesaria. Un cuerpo invadido. Un cuerpo seccionado.
Una mujer que no era mujer. Sino una posesión. Un trofeo. Un cuerpo sobre el que verter la lascivia. Usado.
Un hombre que no era un hombre. Un niño que no era un niño. La voz, ese Don prodigioso, que la salvo de la muerte.
Escuchar de esos labios enfebrecidos y agrietados, los maravillosos tonos, la riqueza de matices, el virtuosismo vocal, había salvado su existencia. Su vida en el momento justo. La había acercado al Cielo para hablar con Dios. Por ser mujer. Por ser una posesión. Pero aun por todo eso no había necesidad de soportar el infierno en su carne. El vacío de no poder concebir. El vacío de ser usada por un hombre sin corazón. La vergüenza de un útero muerto.
«…mujer, sólo sirves para chuparla. Perra sarnosa, tu coño está seco, muerto, ¿cómo quiere Dios que mi poderosa semilla brote en tu útero? Sería un milagro…» El golpe que vino tras esas palabras en su bajo vientre fue un padecimiento más, una patada en su estomago para hacerla vomitar toda la hiel purulenta que las palabras de su esposo vertía sobre ella... «Estás muerta… muerta… deberé buscarme otra mujer que me de lo que quiero… perra… que Dios se apiade de tu alma…».
¿Sería ese mismo Dios él que oía en la boca de Il Cavaliere cada vez que cantaba la estrofa de un aria?
Muerta.
Hasta que el alma atormentada de un hombre, que no era un hombre, tocó la suya. En el escenario, erguido, altísimo y angelical. La mata de pelo dorado brillaba bajo los polvos de oro que adornaban esa cabellera leonina, refulgente. El maquillaje ocultaba su piel pálida, fina, sin defectos. Sus oscuros ojos azules, como los de un niño recién nacido, contenían los abismos de un alma atormentada. Doliente. Padeciendo un infierno en vida. Se vio reflejada en esos ojos. Esa misma alma. Dolor por dolor. Tormento por tormento. Hambre por hambre. Y no se sintió tan sola. Tan vacía. Tan inútil. Ahí, delante de sus ojos, existía una persona como ella. Y quiso llorar de alivio. De gratitud. No estaba sola.
Noche tras noche, día tras día, su recuerdo la colmaba. Sus ojos, su pelo, su fino cuerpo, tan diferentes al cuerpo rubicundo de su esposo. Y la necesidad se brindaba a ella. La necesidad de un amor imposible. Inmortal. Dolorosamente oculto. Su secreto.
Gracias a él estaba con vida. Y ese era el pago que venía a saldar. Una vida por una vida. Un corazón por un corazón. Un alma por un alma.
—No estás solo, mi vida —se pronunció sólidamente. Con determinación. Ya no era una posesión, ni un cuenco para fecundar. Era una mujer rica. Con vida propia.
Su esposo había tenido la maravillosa idea de morirse sobre ella en una de las visitas nocturnas a su seca cama. En plena agitación, cuando su miembro atacaba sin conmiseración la vagina poco dispuesta, hasta hacerla sangrar con sus penetraciones, el gordo cuerpo del hombre se paralizó sobre ella, su rollizo rostro rojo. Las rechonchas manos dejaron de apretar sus senos para aguantar su propio pecho, justamente donde el corazón debería latir, si es que alguna vez albergó tal órgano, por supuesto.
—Ayúdame, perra, no te quedes mirando. —Palabras entrecortadas, suplicantes. El cuerpo gordo se convulsionaba con dolor sobre las sabanas desnudas manchadas de la sangre vaginal.
Se vio a sí misma acercando su boca a la oreja enrojecida de su esposo. La respiración silbante resurgía de sus labios exangües y amoratados.
—Querido esposo, prometí honrarte, obedecerte, ayudarte, seguirte, en la riqueza y en la pobreza, en la enfermedad y en el salud, hasta que la muerte nos separase —valor, valor, valor…—, permíteme que estas palabras sean las ultimas que escuches. —Los ojos de su esposo parecieron salirse de las cuencas. La palabra zorra nació con odio visceral—. Porque esta zorra no va a ayudarte. Quiero que mueras. Que te pudras en tus propias heces. Que padezcas el sufrimiento de saber que en mi vientre no crecerá tu semilla jamás, no porque no fuera una mujer fértil, óyeme bien, mi señor esposo, mate tu semilla con mis propias manos, sí, con mis propias manos. No permitiría que ningún hijo mío sufriera este infierno… lo mate… lo mate…
La exhalación mortuoria fue un soplido nauseabundo en su rostro. Muerto.
El sólido cuerpo frío la acompaño toda la noche. No habría más lagrimas, ni más dolor y puede que nunca su útero se hinchase con un bebe.
Desde ese momento su esposo la había convertido en una mujer rica. Con fortuna, una casa pequeña a las afueras de Paris, pero lo suficiente para ella. Esperaba que allá donde se encontrase Jean-Jacques Trevellaine se estuviera retorciendo en su propio pus, en sus propios vómitos. Gracias a él podría llevar la vida que siempre deseó. En paz. Sola.
Y encontrar a su Salvador para oír de nuevo su maravillosa voz. Il Cavaliere.

La cabeza del hombre cayó pesada a uno de los lados del sillón. Inconsciente. Sus ojos se fijaron incrédulos en el cuello masculino. En la piel blanquecina, alrededor de toda la columna del cuello, resaltaba una franja en carne viva. Dios mío. Era una marca cicatrizada, una quemadura sangrante. Sus ojos no daban crédito, no podía ser. Claramente se veían las numerosas estriaciones de una soga. ¿Qué era lo que había llevado a un hombre como él ha ahorcarse?
Él la necesitaba. Ella necesitaba que alguien la necesitara. Podían formar un buen equipo. Un hombre mutilado. Una mujer vacía por dentro. Se necesitaban mutuamente. Cuidaría de él. Y esperaba que la gloria celestial del dorado Carlo Bossi, Il Cavaliere volviera a nacer más fuerte. Inmortal. Una nueva vida para los dos.
—A casa, Carlo… a casa…

Meses después.
Rose observaba el cuerpo convaleciente del hombre postrado en el lecho. Desde hacía meses sus ojos permanecían totalmente cerrados. El cuerpo reaccionaba a los mandatos. Tragaba los caldos ricamente preparados cuando se le ordenaba tragar. El agua. Las gachas dulces de los desayunos. Los zumos. El vino aguado para fortalecer.
Y durante todo ese tiempo, el cuerpo consumido comenzaba a encarnarse, el músculo recubría los huesos donde antes había habido sólo piel. Renacía en salud. Con los cuidados, el alimento y el descanso necesarios. La marca del cuello tan sólo era una rojez sobre la piel sana. Un sello imborrable de la atrocidad, de la desesperación. Una imperfección sobre la piel suave y fina del hombre.
Pero sus ojos, su mente, sus labios persistían cerrados al mundo. A ella. Que suplicante le pedía que abriera esos pozos inmensos de dolor, oscuro azul. Misterioso azul. Liquido azul. Pero él hacia oídos sordos a sus suplicas. A sus lamentos. A sus órdenes. El cuerpo sanaba mientras la mente continuaba hermética. Cerrada.
Las horas se hacían días, los días meses y él no daba muestras de querer levantarse de la cama y retomar su vida.
El dolor que la embargaba suponía un vestigio del pasado que no quería recordar. Tenerlo postrado en la cama suponía revivir el tormento lacerante de eliminar de su cuerpo la semilla de Jean-Jacques Trevellaine, un comerciante rico con los contactos necesarios para prosperar y crear fortuna. Un monstruo dentro de las tétricas paredes de la habitación conyugal.
Él podría ser su bebe, que enfermo esperaba los cuidados de una ferviente y abnegada madre. Ella.
Como él, al límite, al extremo de las fuerzas, ella había tomado entre sus manos la vida de un inocente ser que ni siquiera había tenido la fortuna de ver el mundo exterior.
Él había tomado su vida, apresándola gracias al nudo corredizo que rodeaba su garganta. Ella había tomado la vida de su hijo nonato, pinchando ese pequeño ser que abultaba su vientre. La aguja lubricada, introducida con violencia, hirió lo que ella más deseaba poseer, cuidar, amar… un hijo… ¿Podría Dios perdonarla? ¿Podría Dios, entender el sufrimiento de ese hijo nacido de su carne, el padecimiento, los golpes, la necesidad de huir, la desesperanza… el odio?
¿Podría ella perdonarse?
Había pensado muchas veces acabar con su vida, la conciencia no acallaba los gritos de rabia y de odio. Muchas veces.
Pero morir solamente sería un alivio momentáneo. Un consuelo que no debía de tener. Esa era la parte que quería pagar por la aberración cometida.
Pero no olvidaba la parte egoísta, la parte que había luchado para sobrevivir, esa parte que deseaba, anhelaba, ansiaba oír de nuevo la voz suprema y celestial de Il Cavaliere. De esa forma estaría más cerca de Dios y pediría perdón por su máximo pecado. Matar a su hijo. Coger entre sus manos temblorosas la vida de un ser, el destino de una vida.
El cuenco de agua caliente se tornó fría en sus rodillas. Estaba harta de que él no diese muestras de querer vivir. Él poseía algo por lo que vivir. Ella lo había aniquilado. Él podría vivir con su conciencia. La suya estaba envenenada.
Asesina.
Debía salvarlo, debía obligarlo a levantarse del lecho mortuorio y vivir. Por ella. Por su hijo. Por su voz. Ese amor, esa necesidad, acabaría con la misión impuesta para desaparecer en las sombras y en la hiel de la noche.
—Maldito seas. —La rabia llenó sus venas. Con rapidez cogió el cuenco entre sus manos y se lo tiró a la cara, vaciando todo su contenido—. Abre los ojos, hombre mal nacido.
Los ojos de Il Cavaliere traspasaron su rostro con odio. Completamente abiertos. Al fin.
Airada y estremecida salió de la habitación. El sonido de la puerta al cerrarse resonó en toda la casa.
¿Tendría su hijo muerto esos mismos ojos? Llenos de odio. De rabia. De ira.

Un ángel airado. Un ángel asustado ¿Quién era esta mujer que como una madre fervorosa alimentaba, bañaba, ejercitaba su cuerpo sin vida? El recuerdo de su propia madre estaba clavado en su mente a fuego. A sangre.
A la temprana edad de siete años, una madre llevó a su hijo a un barbero conocido en toda Nápoles. Un extirpador clandestino de órganos genitales. Un productor de castratis… Clandestino porque aquellos que de forma deliberada amputasen cualquier parte del cuerpo, serían condenados.
Esa madre sometió a su hijo, nacido de su vientre, a la amputación de sus testículos para que el Don de la voz no se perdiese. Luego de forma deliberada abandonó a ese hijo en una de las numerosas escuelas de Castratis. Una madre ruin que gracias a la venta de su vástago podría vivir sin necesidad de trabajar durante lo que la quedase de vida.
Para aquellos que se sometiesen a tal intervención, la Iglesia tenía una dádiva, la excomulgación. El ostracismo.
Hasta la llegada del Papa Clemente VIII. La necesidad de los Castratis fue imperiosa. Las angelicales voces de los niños que formaban los Coros del Vaticano, a la llegada de la pubertad, perdían su valor, su virtuosismo vocal. Además las mujeres tenían prohibido cantar en los recintos eclesiásticos: Mulier taceat in ecclesia, «las mujeres deben permanecer en silencio en la Iglesia». Y que mejor para ello que un hombre con la capacidad de un hombre, las características de un hombre pero la virtuosidad de un niño para cantar. Así los Castratis fueron un mal menor. Ad Gloriam Dei.
Y Carlo Bossi, progresó de ser un simple niño con una voz prodigiosa a ser un Castrati. Uno de los tantos que cantaban como querubines en los Coros.
En la escuela de Castratis su vida prosiguió. Su voz fue lo más importante. Si era el mejor habría riqueza, poder y posición. Un niño nacido en las áridas tierras de Nápoles, entre la pobreza y la miseria, del vientre de una prostituta, sería uno de los más grandes cantantes masculinos conocidos. No todos llegaban y no todos los conseguían.
Mimados hasta la saciedad, envidiados por el resto de los alumnos, los fliglioli. Eran a la vez temidos y odiados. La mayor parte de las horas del día se dedicaba a cantar: una hora para cantar pasajes de difícil ejecución, otra hora de estudio de letras, una hora más de ejercicios de canto frente al espejo. Más tarde una hora de trabajo teórico, otra más de canto formo, improvisación. Para pasar al estudio de cortilla y al estudio de nuevo de letras. Pianoforte, violín, composición. Eran apartados de la sociedad común. Ensalzados, glorificados y protegidos. Fuera de los muros de la escuela eran mostrados como dóciles caballos amaestrados.
Dentro de los muros, la despiadada crueldad de los figlioli podía llegar a límites insospechados. La envidia era un mal consuelo por no tener el prodigio de una voz.
Rechazados. Solitarios. Aberraciones.
Carlo Bossi, no necesitaba nada. Desde los siete años conocía en sus propias carnes, en sus genitales, lo que el amor originaba. Y día a día, la perdida se soterraba en los recovecos de su alma. Si era el mejor llevaría una vida de príncipes. Fuera de los muros de la escuela.
Día a día, observaba que no todos los castratis sobrevivían al duro trabajo y no todos valían para cantar. Los mediocres tomaban el camino eclesiástico, ordenándose curas, sus voces vulgares y corrientes eran escuchadas en los coros de alguna iglesia perdida. La plebe no tenía porque entender ni apreciar la diferencia entre la mediocridad y el divinismo.
Y luchó, con la ardua necesidad de salir de allí. Sudor. Lágrimas. Garganta inflamada. Dedos agarrotados de acometer tantas veces el teclado del pianoforte cuando una estrofa no se ejecutaba con la perfección debida.
Il Cavaliere tomó forma dentro de los muros de la prisión que era la Escuela de Castratis.
Su voz le abrió las puertas necesarias para escapar. Su porte hizo el resto. La belleza querúbica y angelical de su pelo rubio y sus ojos azules. Un cuerpo esbelto y fino propio de un hombre delgado. Otros castratis portaban las curvas generosas de una mujer. Caderas anchas. Grasa en el vientre. Él en cambio, unas piernas largas y musculosas. El vientre plano. Caderas estrechas. La boca sensual que causaba arrebato entre las damas de alta alcurnia.
Deseado.
A la edad temprana de quince años realizó su primera aparición en Roma, su capacidad vocal, el virtuosismo de sus trinos, las improvisaciones, despertaron el entusiasmo y la algarabía del Teatro. Apareció en el escenario cinco veces más en esa misma noche para repetir y repetir la estrofa del aria principal. Los hombres no daban crédito. Las mujeres extasiadas querían tener a ese Dios hermoso en su cama.
Acercar el Cielo… ese era el Don.
Las noches se acumularon sobre sus hombros. Hombres, mujeres, reyes, duques… ansiaban escuchar el poder de su voz. Nadie entendía que esa voz había sido pagada con un alto precio. Comprada. No era algo prestado que con el paso del tiempo pereciese. No. Era algo otorgado a cambio de algo. ¿Quién de aquellos hombres y mujeres, de aquellos reyes y duques, que lo escuchaban con embeleso, serian capaces de amputarse un sólo miembro para conservar el poder de una voz que acercaba el Cielo a la Tierra? Ninguno.
Los años pasaron. Él envejecía. Maduraba. Su pene crecía. Maduraba. Pero la bolsa atrofiada bajo su polla seguía como una cáscara seca. Vacía. Su voz se encontraba al máximo esplendor.
Carlo Bossi, Il Cavaliere era aclamado. En Roma, en Venecia, en Londres, en España… en Paris. Aclamado. Amado. Qué mentira. Qué despiadada farsa. Qué tétrica e ignominiosa quimera. No se sentía aclamado. No se sentía adorado. No era amado.
¿Quién podía amar a un cuerpo mutilado, una cáscara vacía, una bolsa atrofiada, un pene flácido? Un alma seccionada.
Y estalló el infierno.
En su última actuación mientras maquillaba su cara como una mujer, la puerta de su camerino se abrió, el pasado se precipitó sobre él.
Sus oscuros ojos azules miraron a través del espejo y se reflejaron en otros ojos del mismo color. Idénticos. Y la brocha de polvos blancos cayó de su mano, sordamente al suelo.
—Hijo mío.
Palabras atroces. Hirientes. ¿Hijo? ¿Madre? El pus tanto tiempo escondido en su vientre se convirtió en un relámpago ardiente en sus genitales. Inexistentes.
—Hijo mío, por fin, te he encontrado. —La boca desdentada de la mujer formó las palabras. Entre el cabello cano y sucio se observaban las postillas, los nódulos sifilíticos de la muerte. Su piel era una arruga interminable de pus.
—Creo que se equivoca, señora. Mi madre murió hace años.
—Carlo, hijo mío, ¿no me reconoces? —El aliento podrido formó un vaho pútrido alrededor de su cabeza—. Mi ángel. Eras un niño hermoso entonces, ahora un hombre magnifico. Il Cavaliere, nada menos. He venido a compartir la gloria de mi retoño.
El pasado barrió el presente. El futuro. El ardor de las lágrimas no vertidas se formó en su garganta, constriñendo el paso del aire.
—¿Qué quieres? — el aliento contenido raspó su garganta.
—¿Qué puede querer una amorosa madre de su hijo? —La risa atronó sus oídos.
—Si es dinero lo que quieres lo tendrás, pero desaparece de mi vista. No quiero verte jamás.
—Hijo mío, ¿no te di la mejor vida que una madre podría dar a su hijo? Tu casa es una mansión, tus vestidos ricas sedas y terciopelos. Tu boca sólo prueba manjares. Agasajado. Adorado. Mimado. Y yo me muero de sífilis. Y tú, ¿Qué hay de ti? Te recordaran. Te veneraran en tu muerte. Una muerte placida. Dulce. No habrá llagas purulentas. No habrá el dolor de querer arrancarse la piel a tiras. Yo seré un cuerpo más en la tierra a la cual retornar.
Carlo Bossi sintió asco. Ella seguramente moriría de la muerte más dolorosa posible, enterrada en la tierra sagrada mientras que él, incompleto, sería rechazado y enterrado fuera de los límites. Ningún camposanto acogía en su vientre terrenal a un Castrati. Hasta eso le había robado ella.
Una madre da vida. No quita vida.
—Madre —la palabra se atasco en su boca—, coge el dinero que necesites y lárgate.
—Qué hijo más generoso tengo. —La bruja moribunda y purulenta se regodeaba. Y como vino, desapareció.



Ese fue el instante en que comenzó el final de Il Cavaliere. El final de Carlo Bossi. Y el comienzo del abismo.

Al día siguiente.
Rose entró en la habitación. El olor limpio y fresco colmó sus pulmones. Las paredes del cuarto libres del aire viciado y enfermo, respiraban en una suave brisa. El sol irrumpía con insistencia por las ventanas abiertas.
Él permanecía tumbado. Su cabeza vuelta hacia la luz. Sus ojos abiertos, perdidos en los haces de luz que entraban.
Apoyó con cuidado la bacinilla de agua caliente y el trapo limpio al borde del lecho.
—Buenos días, Cavaliere. —Para ella era Carlo. Innombrable. Para el mundo, il Cavaliere. Él pareció estremecerse ante sus palabras con dolor—. He venido a lavaros.
Esa única frase atrajo su atención por completo.
Las manos capaces de Rose, echaron las cobijas calientes que tapaban el cuerpo postrado hacia los pies de la cama. Él no dio muestras de sentirse cohibido. Sus oscuros ojos azules herméticos. Los dedos femeninos desataron uno a uno los botones del suave camisón que ocultaba el cuerpo masculino. De cicatriz a cicatriz. Del cuello hasta las rodillas.
Desnudo.
Bello cuerpo.
Tan diferente al de su difunto marido.
Los suaves músculos finos y alargados se encontraban recubiertos de una esplendorosa piel blanca tan suave como la de un bebe. La falta de vello en el cuerpo masculino era una clara característica de un Castrati. La total ausencia de vello. Salvo por la negra pelusilla que crecía en la entrepierna.
Retiró por completo la tela del camisón del cuerpo y sus ojos recorrieron la numerosa extensión de piel. Preciosa piel. Los hombros estrechos. Las tetillas marrones. El vientre plano. Las caderas huesudas. Las piernas finamente fibrosas gracias al ejercicio que durante horas ella misma había aplicado para que los miembros del hombre no se atrofiasen. Al igual que la bolsa escrotal que arrugada y cicatrizada permanecía olvidada justo debajo del miembro bellamente formado del Castrati.
La diferencia con su esposo fue aún mayor. Nunca creyó que un hombre podría ser así de hermoso bajo sus manos.
Infundiéndose valor, cogió el trapo limpio y lo remojó en el agua caliente. Después lo escurrió con cuidado de no verter las gotas sobrantes. Y con el mismo cuidado lo aplicó en el pecho del hombre.
Suavidad a suavidad. La piel se erizó al contacto con el líquido calor. Los pezones marrones formaron dos puntitos idénticos. Despuntando hacia el techo. Ella miró asombrada las diferencias del cuerpo masculino. Las diferencias visibles entre un cuerpo dormido y extenuado, y un cuerpo totalmente despierto y vigoroso.
Su respiración se aceleró jadeante. ¿Qué era esa necesidad? ¿Esa nueva lubricidad entre sus piernas? Deseo. Ansia de acariciar toda esa piel. De ser ese trapo húmedo. Bajó por el pecho bien formado, hasta el vientre. Él permanecía inmóvil.
Limpió con celo la piel. Hasta el bajo vientre. Donde el pene flácido pareció saltar y cobrar vida ante sus ojos.
Inspiró con ardor. Con locura.
Una férrea mano cogió su muñeca dolorosamente. Sus ojos castaños, dulces, se clavaron en los ojos azul oscuro colmados de odio. De asco. La mano torció la muñeca hasta que ésta soltó el trapo.
Rose sintió el sudor frío del temor. La negativa en los ojos del hombre fue suficiente para que huyera despavorida de la habitación. El terrible sonido de una bacinilla al golpear la pared, derramando el caliente líquido por el suelo del cuarto, fue lo último que escucho en su huida.

Maldita. ¿Qué había hecho en su cuerpo esa bruja del demonio? ¿Qué era eso que crecía entre sus piernas y lo miraba con un sólo ojo? Su mano estremecida voló hasta agarrar con fuerza el tronco venoso. Su pene cobraba vida. Erguido. Fuerte. Prodigioso. Se acarició comprobando. La bolsa escrotal atrofiada aparentaba estar rellena de un poder desconocido. Su mano se deslizó por la suavidad marmórea de la piel y estremecido, su boca se abrió al agónico placer del deseo. De la pasión.
Ardor inusitado. Esplendor.
Por primera vez en su vida, sonrió abiertamente.
Ad Gloriam Dei. Por la Gloria de Dios, tenía su primera erección.
Quiso gritar pero las palabras no tomaron forma.
El brillo luminoso de sus ojos se apagó como una vela sin oxigeno. Se mitigó en el oscuro azul.
No había voz.

Después de la visita clandestina de la perniciosa mujer sifilítica, no logró salir al escenario. Fue una de tantas veces. Su don estaba muerto para él, como muerto estaba él. No había necesidad de ampliar el suplicio. Su madre no lo había querido lo suficiente para proteger sus genitales y lo había vendido al mejor postor. Su propia madre no lo había amado lo suficiente como para no aparecer más en su vida.
Hundido.
Desesperado.
Veía en lo que se podía convertir. Reflejo de un alma prostituida. Puede que la sífilis no fuese la forma pútrida de morir pero sí una comparación. Ella era una prostituta que vendía su cuerpo. Él era un prostituto que vendía su voz. ¿Quién de los dos era mejor? ¿Quién de los dos se merecía mejor muerte?
En una noche, un nudo corredizo entorno a su cuello. Una viga lo suficientemente alta. Una silla sobre el suelo. Un cuerpo colgando. El fuerte y brusco tirón desgarró los músculos de su cuello. El nudo se apretó más. El aire lo abandonó. Y su rostro purpúreo mostraba la asfixiante locura que lo envolvía. Aunque su cuerpo reaccionó con vida propia en la necesidad de sobrevivir, las manos tiraron de la cuerda, tiraron y tiraron hasta que ésta se rompió deshilachada. Podrida. Ni siquiera era lo suficiente hombre como para matarse. En su incauta búsqueda de una cuerda lo suficientemente sólida para soportar su peso, sus manos y cabeza eligieron una cuerda podrida.
Caído en el suelo observó el techo. De su garganta manaba sangre. Y su Don había muerto en el proceso perdiendo toda capacidad vocal.
Un médico sólo reafirmó la sentencia: las cuerdas vocales rotas. No podría jamás hablar. No podría jamás cantar. Il Cavaliere había muerto.
¿No era eso lo que buscaba?
· * * * * * *
La rutina era un tácito acuerdo entre los dos. Se instalo como si de un matrimonio de largos años se tratase. Ella cuidaba de él. Carlo se dejaba cuidar. Durante el día la actividad cotidiana llenaba la casa, siempre había algo que hacer, por poco que fuera. En la noche lóbrega, los pensamientos vagaban desbocados, los cuerpos descansaban en sus lechos vacíos. El ardiente deseo renacía de dos corazones solitarios. Mermados. Mutilados.
¿Y si…?
¿Qué? Un hombre que no era un hombre. Medio hombre. Una mujer que no era una mujer. Vacía.
La evolución de Il Cavaliere cambio radicalmente de un día para otro. Seguía sin pronunciar palabra. Ni un triste gracias. Pero poco a poco el cuerpo esbelto dejaba el lecho enfermizo. Pequeños pasos. Fatigados. La falta durante meses de alimento, de ejercicio, de la simple utilización de las manos, provocaba que el cuerpo de Carlo se volviera una endeble estructura sobre los pies.
Rose evitaba cualquier contacto de piel contra piel. Evitaba bañar ese cuerpo bello y divino. Evitaba mirarlo con hambre, un hambre reflejado después en el templo que era su habitación. El espejo no evitaba que este le devolviera la imagen de una mujer necesitada del contacto. El ansia de tocarlo. El deseo de perderse en sus brazos.
Era un lujo que no debía conocer. Debía pagar con la soledad de una vida, la acción egoísta. El asesinato. La felicidad era inalcanzable.
Carlo evitaba el contacto de la piel contra piel. Evitaba mirarla. Evitaba acariciar los torneados contornos de sus suaves curvas. La tersura de su piel. El deseo crecía en su vientre con una insidiosa necesidad. Las cobijas de la cama ocultaban lo que era evidente a simple vista si se destapaba. Su miembro, su pene flácido, se erguía cual guerrero en batalla. Sólo el olor. Sólo su visión. Sólo un rayo de sol jugando con su pelo negro, bastaban para que aquello que durante treinta y cinco años había estado muerto, clamase como un desposeído por atención. ¿Podría un Castrati amar a una mujer?¿Valdría lo suficiente un medio hombre para esa mujer? La pérdida de su Don desde un comienzo fue un castigo. Se odió. Deseaba aserrar su vida de todo ese mundo. Llevarse a la destrucción. Acabar en un alivio eterno que no tuviera fin.
Puesto que no había nada por lo que vivir, la huida al averno fue fácil. El infierno se hizo tangible. Ahorcarse no era la manera. Llevarse a la consumición extrema era el modo. Para ser devorado por las llamas del infierno y perecer en un fuego.
En esos momentos, en la distancia, algo dentro de él había cambiado. Puede que la pérdida de su voz no fuera un castigo al fin y al cabo. Sino una ayuda para llegar a un fin. La aceptación de lo que había pasado. Él era un Castrati. Un grande entre grandes.
Y por primera vez en su vida parecía estar en paz consigo mismo. Con el mundo. Con su madre. Con esta mujer. Madame Rose Trevellaine. Hermosa Rose.

La mujer cerró los ojos. Perdóname Dios, porque he pecado. Terrible. Fatídico. Lo amo. Lo amo. Lo amo. Lo amo.
El dolor oscuro la embargó. De rodillas miró el techo tenebroso. La noche era su aliada. La noche ocultaba sus necesidades. La noche, ladinamente, despreciaba a la mujer, como se despreciaba ella. Los puños de sus manos cogieron la almohada de la cama con fuerza.
—Arráncamelo, por favor. Te suplico que me lo arranques. —El clamor susurrado estaba colmado de desesperación—. No puedo vivir así. No puedo amarlo así. No puedo necesitarlo así. Arráncamelo del pecho, Mi Señor y juro por lo que es más sagrado que expiare el pecado mortal que cometí.
Pero Dios no estaba por la labor. Ni esa noche ni las posteriores. Ni ninguna.

Carlo la vio entrar por la puerta de la habitación. Belleza andante. El pelo negro brillaba bajo la luz del sol. La exquisita piel blanca. Sentado en el sillón, la observó dirigirse hacia él.
Ella se paralizó ante él. Mirándolo. El contacto visual de dos miradas. El enloquecedor latir de dos corazones. El palpitar de un útero. El pulsar de un pene.
La tensión en la cara de la mujer fue evidente. Algo la perturbaba.
—Cavaliere, debo partir hacia Paris —comenzó la mujer. Mentira—, pero podéis permanecer tanto tiempo en esta casa como necesitéis, atendido por la servidumbre. Cualquier cosa que preciséis sólo tenéis que pedirla.


¿Y si lo que él ambicionara fuera ella? Lo que le hacía sentir en su alma, aquello que ni tan siquiera la música había conseguido.
No hubo respuesta.
Rose lo miró. No decía nada. Meses de cuidado para que él no dijese nada.
—¿Entendéis lo que os digo? —pregunto.
Respuesta silenciosa.
Hombre egoísta. Ni una palabra.
Lo observó más de cerca. El latido fuerte en el cuello atrajo su mirada a la cicatriz roja y cruel que adornaba la piel.
Lo miró de nuevo a los ojos.
—¿Cuándo os ahorcasteis, sucedió algo con vuestra voz? —La pregunta fue directa a la yugular.
El pinchazo agudo le recordó que estaba vivo. Asintió levemente. Y la brusca inspiración de la mujer, fue un tañido en su corazón.

Rose lo entendía todo. Sus silencios. El estado en que se encontraba en Paris. Lo que un Castrati valoraba más que su vida era la voz otorgada desde el nacimiento, la voz pagada con los testículos cercenados. ¿Cómo no lo había visto antes? Él portaba un sufrimiento lacerante.
Se acercó hacia el hombre atraída por un impulso superior.
—¿Porqué? —Necesitaba conocer la razón.
El gesto masculino bastó. Porque no había nada por lo que luchar, ni siquiera una voz. Qué más daba que se suicidase si su cuerpo mutilado no descansaría en sagrado. Tantos años cantando a Dios, Ad Gloriam Dei y su mísero ser no yacería en la tierra sangrada de un camposanto. Qué más daba perder eso cuando estaba todo perdido.
Intente matarme, clamaban sus ojos. Intente acabar con mi vida.
La respuesta fue escuchada como un grito resonante perdiéndose en el cuarto en ondas expansivas.
Rose alargó la mano para tocar la cicatriz. La marca. La desesperación. El calor lacero su piel. El calor de la piel del hombre. Inspiró con excitación. Qué suave. Qué dulce. Qué cálido. Tan diferente a la textura de un cuerpo sudoroso, pesado y grotesco.
—Cavaliere… —Sus labios pronunciaron el nombre. Dorado Cavaliere. Celestial.
La fuerte y delgada mano del hombre ascendió hasta coger el antebrazo de la mujer.
Rose.
Con suavidad acercó el cuerpo femenino hacia sí. Nunca el contacto para él había significado tanto. Nadie lo había tocado así. La caricia de su piel era seda en su cuello. Venciendo la posición extendida del brazo de ella se acercó lo suficiente para que sus pechos se rozasen con las jadeantes respiraciones.
Rose.
La necesidad adormecida, latente, se adueñó de los cuerpos. Los labios se unieron con fuerza. Carne contra carne. El beso húmedo, inocente, tan sólo era un intercambio de alientos.
—Carlo —dijo ella. Por fin había pronunciado su nombre ante él.
El gimió lastimero. No había voz pero si podía formar ruidos cavernosos.
La lengua masculina penetró con ansia en la boca femenina. El hambre. La carnalidad. El enredo de los alientos. La humedad de la saliva.
Se rodearon con los brazos. Un abrazo férreo. Inamovible.
El empujón cogió desprevenido al hombre todavía débil por la larga enfermedad. Los ojos de Rose anegados de lagrimas presentaban un sufrimiento genuino, largamente oculto. Palpable tormento.
—Maté a mi hijo, ¿lo entiendes?... Maté a mi hijo.
De nuevo, como un hábito arraigado, ella huyó de la habitación.
Carlo tomo asiento. El endeble cuerpo no podía salir en pos de ella. Arrastrarse por el suelo sería una opción. Esperar a que ella se explicase tendría que valer por ahora.
Maté a mi hijo.
¿Qué había llevado a una mujer como ella a cometer esa acción? Se veía que ella no podía vivir con ese peso sobre su conciencia. ¿Puede que la muerte fuese para ese niño una salvación?
Rose.

Esa misma noche.
Carlo despertó sobresaltado. Regueros de sudor recorrían su espalda. Sus axilas. En su mente se confundían los latidos de un corazón, una soga colgada del techo, el fuerte dolor al caer sobre un suelo duro recubierto de vísceras viscosas, ratas que se alimentaban de esas mismas entrañas. La pérdida inconfundible de la razón. La ardiente necesidad de que la muerte estuviera cerca. Con su guadaña mortífera, esperando el momento justo de utilizarla. Sesgando la vida.
Una pesadilla aterradora.
Un movimiento en la habitación atrajo su mirada. La luz nocturna que entraba por las contraventanas abiertas iluminó el camisón de una mujer. Blanco. Virginal. Rose.
Se incorporó levemente. El blanco de la prenda holgada que ocultaba sus formas femeninas resaltaba el pálido espectral de su cara. El silencio los envolvió. La noche les dio la única oportunidad que tenían.
—Siempre quise tener un hijo — comenzó ella. El tono de su voz se asemejaba a una herida abierta, atormentada— Creo que fue la única razón para aceptar la petición de mano que Jean-Jacques Trevellaine me hizo en un primer momento. Nunca fui una mujer bella que levantara pasiones así que cuando se acercó a mí y se presento no vi nada malo en acceder a conocerlo. Estaba sola. No tenía a nadie. Vivía casi de la caridad. Y un hombre, un comerciante rico con posibilidades de ascender, me pareció mejor opción que estar sola. Me casé con él. Fue todo tan rápido.
Sus pequeñas manos blancas se alzaron para desabrochar uno a uno los botones que cerraban su camisón. Con pausada lentitud. La piel blanca se vislumbraba por la abertura de la tela.
—Me adoró, me mimó en exceso hasta que consiguió lo que quería. En nuestra noche de bodas ese hombre bueno que yo pensaba que me adoraba, se convirtió en un monstruo sin forma. Inhumano. Me pegó hasta que tan sólo fui un amasijo de sangre en el suelo. Me violó hasta que más sangre brotó de mi cuerpo. Era su propiedad. No tenía piedad conmigo. La mayoría de las noches lo esperaba aterrada, con un miedo visceral. Los golpes se superponían a otros golpes. Los hematomas ocultaban otros hematomas. Y las violaciones continuadas consiguieron que mi vagina sangrara de forma continua. Pero no era suficiente para él. Nunca era suficiente. Nadie se enteró de lo que pasaba en el lecho matrimonial. Él era una persona que ocultaba su verdadero ser a la sociedad. El monstruo que necesitaba carne y sangre para vivir. Noche tras noche visitaba mi cama para hacerme desear estar muerta. Pero algo me lo impedía. La culpa. Ese infierno que estaba soportando solo era un castigo, era una persona mala. Vivía para morir con cada golpe, con cada insulto, con cada aberración que él se permitía en mi cuerpo. Tan sólo una cáscara…
Las manos delicadas siguieron bajando por toda la longitud del camisón. Uno a uno los botones nacarados abandonaban los ojales, abriendo la tela a la mirada del hombre.
Carlo sintió recorrer su cuerpo la bilis del odio. De la rabia. De la impotencia. Él tenía siete años cuando todo pasó, era un niño. El dolor de la pérdida de unos testículos, de una voz, no podía compararse al padecimiento que esa mujer había sufrido en su propia carne. Siguió escuchándola, era lo único que podía hacer en ese momento. Escuchar las dolientes frases.
«Cuando todo estaba perdido, cuando ya no me importaba nada. Encontré la salvación. Mis ojos muertos sin vida, mi piel recubierta de polvos para cubrir las marcas de las palizas, ardieron al ver a un Dios dorado que cantaba. Te vi. Vi tu dolor. Me reflejé en tus ojos. Ardí con el líquido calor que brotaba de tu alma. Me tocaste. Me acariciaste. Me hiciste volver a vivir. Esa noche después del concierto, cuando él me golpeó y me violo de nuevo, fui más fuerte. De mis labios no salió ni un sólo grito, ni un sólo lamento. Y él no consiguió lo que buscaba. La excitación de humillarme, de vejarme. Mis ojos no se apartaron de sus ojos. Y no pudo obtener lo que deseaba.»
Sus manos terminaron la tarea impuesta. Delicadamente cogieron los bordes del camisón abierto, cerrando las solapas ocultando el cuerpo desnudo.
«Las noches que te veía sobre el escenario, era para mí tocar el paraíso. Sentir la vida latir en mi cuerpo. Querer tocarte. Que me tocaras. Amarte en silencio. En la distancia. En total secreto… era fuerte. Era de nuevo mujer. Era una persona no un animal al cual apalear.»
Las palabras se clavaban una a una en el vientre del hombre.
«El monstruo se volvió más agresivo. Más pernicioso. Más dañino. Y la obsesión de tener un hijo de su propia semilla no bastó para que su crueldad menguara. Al contrario. Sus visitas a mi cama fueron más continuadas. Y entonces comprendí para qué quería un hijo. Si era varón:
“Puta, le enseñare a mi hijo cómo tiene que ser un hombre y tratar a las mujeres como Dios manda. Empezando contigo”.
Si era una niña:
«Si tu vientre pare una hija, aprenderá rápidamente cuál es su posición en esta casa. Un juguete más. Un suculento juguete para algún hombre como yo que conozca el trato que una esposa desobediente debe tener.»
Fue la primera vez en mi vida que me alegre que en mi útero no arraigase la semilla de ese malnacido. Pero Dios no escuchaba mis plegarias y quedé embarazada. ¿Cómo podía traer a este mundo un hijo? Si era un niño, en un futuro sería un monstruo igual que su padre. Si era una niña sería utilizada como yo lo era. Una y otra vez. Un infierno. Una pesadilla. No podía permitir que él se saliese con la suya. Era suficiente que yo tuviera que vivir así, pero no un hijo mío. No un hijo mío. Así que lo maté… —Sus pequeñas manos acariciaron su vientre vacío—. Maté aquello que mas deseaba. Y sólo me quedabas tú…»
Carlo observó como las manos abrieron la tela del camisón mostrando su cuerpo a su mirada. El cuerpo de una mujer maltratada. Bello en sus formas. Bello en sus curvas. Pero la piel mostraba en pequeñas cicatrices lo que sus palabras relataban. Rose cogió entre sus manos el largo pelo negro formando una cola de caballo para volverse y mostrar su espalda marcada. Latigazos sobre latigazos. Espalda, culo, parte superior de los muslos.
—Lo maté… —prosiguió ella—. En ese momento creí que era lo mejor. La salvación. Ese niño o niña no conocería el infierno y esperaba que a pesar de no haber nacido Dios lo acogiera en su seno. Pero la culpa me corroía por dentro. Los sueños se volvían oscuros y el perdón nunca llegó. Una noche él de nuevo visitó mi cuarto para violarme de nuevo. Quería un hijo. Quería un nuevo juguete en sus manos. No sé por qué, no sé cómo, pero el ejercicio continuado sobre mí fue demasiado para su corazón y murió ahí mismo, sobre mí. Lo dejé morir. Le deseé que allí donde fuese se revolviera entre las heces del suelo. Y por último, cuando la luz de sus ojos se apagaba le dije la verdad. Nunca tendría un hijo. Ni una hija. Jamás. Yo me encargaría de ello.
Rose, gritaba el alma del Castrati. Valiente Rose.
—No hay perdón para lo que hice. Dios no me puede perdonar. Yo no me puedo perdonar y mi hijo nonato me grita en sueños que lo libere. Creí que era una liberación que nunca naciera para conocer el dolor, el sufrimiento, los golpes… —Su cabeza cayó derrotada sobre el pecho— Carlo, no puedo perdonarme lo que hice… le maté… —El llanto doloroso era una grieta para todo ese dolor. Sus hombros se estremecían bajo la fuerza de los sollozos, que nacían de las mismas entrañas.
El hombre se levantó del lecho. Débil y tambaleante se acercó a la figura olvidada en el tétrico cuarto.
Mi amor. Rose.
Sus brazos envolvieron el cuerpo. Y la acercaron a su pecho.
Escúchame, gritó su corazón.
La giró entre sus brazos para mirarla a los ojos, dos pozos anegados de lágrimas vertiéndose en torrente líquido. Las manos masculinas cubrieron las mejillas húmedas levantando el rostro hacia él.
Gracias a ti, he encontrado la paz. Un hombre que no es un hombre. Medio hombre. Contigo he encontrado el perdón. Yo te perdono. Tu hijo te perdona. Y Dios te perdona. Gracias a ti, he conseguido absolver a mi propia madre, al vientre que me dio la luz. No hay necesidad de buscar o pedir indulgencia, cuando ya la tienes. Lo salvaste, Rose. No eres una asesina. No eres mala persona. Decidiste por ti misma lo que era mejor para tu hijo. Y Dios te permitió que lo hicieras por el bien de ese niño. Te permitió que vivieras para salvarme a mí la vida. No necesitas perdón cuando no hay perdón que dar.
Rose se encontraba paralizaba. Extenuada. Sus ojos castaños estaban inmersos en el azul oscuro de la mirada masculina. Escuchaba las palabras que Carlo pronunciaba en silencio. De corazón a corazón. De alma a alma. ¿Podía ser cierto?
Carlo acercó su boca a la boca temblorosa de Rose. Y acarició con sus labios la humedad de las lágrimas en la suavidad de los labios femeninos. Estos se abrieron por voluntad propia. La lengua áspera del Castrati se lanzó en picado a recorrer los contornos húmedos del interior del paladar.
La ardiente lujuria brotó de ambos. Solos, cada uno por su parte, eran cáscaras vacías. Juntos eran un yo completo. Un conjunto. Con testículos, con un útero fértil.
La desconocida erección casi durante treinta y cinco años se tornaba un mástil caliente entre los dos cuerpos. Una separación de carne. Una inmensa diferencia entre los dos cuerpos mutilados.
Las manos de Carlo se deslizaron con veneración por el cuello de Rose. No sabía como tocarla. No conocía los secretos de ningún cuerpo femenino. Nunca había tenido la posibilidad de acariciar ninguno.
Suave piel. Cálida piel.
Desfallecido y famélico pretendió arrodillarse en el suelo pero ella no se lo permitió.
—No, quiero que estemos en igualdad de condiciones. Nunca he hecho el amor con ningún hombre. Nunca he conocido este deseo de que me acaricien. Únicamente contigo.
Sintió las piernas tambaleantes. Ella codiciaba que la tocara. Deseaba su contacto. Un mundo desconocido, donde la carne tomaba dominio sobre los actos, se abrió ante él.
Si había algo que conocía era la soledad. No el tacto de otra piel.
Si he perdonado a mi madre, gracias a esta mujer, si he conseguido que todo el odio que tenia dentro en mi pecho como un pus supurante se convirtiera en el amor que siento por ella, ha merecido la pena perder un Don de Dios, para conseguir este Regalo de Dios.
La levantó en sus brazos. En unos brazos que querían adorarla. En unos brazos que día a día se hacían más fuertes para ella. Sólo para ella. La tumbó en la cama revuelta. Entre las sabanas usadas, impregnadas del olor masculino.
Rose no podía dejar de disfrutar de la sensación de ser deseada. No usada. No utilizada. La suavidad del contacto de un hombre. De Il Cavaliere… mejor dicho, de Carlo.
—¿Echas de menos tu voz? —preguntó ella mirándolo a los ojos.
No, no necesito una voz si estoy contigo.
—¿Será suficiente para ti, vivir aquí, lejos de la fastuosidad de los escenarios, de la adoración de un público? —Quiso saber ella.
No necesito mentiras, engaños. Ni un escenario donde ser aclamado. No necesito nada más que a ti para vivir. Una voz no lo es todo. Unos testículos no son la parte más importante de un hombre. Sino el alma. Yo no tenía alma hasta que tú me salvaste. En mi pecho no latía un corazón.
Los ojos de la mujer se llenaron de nuevo de lágrimas. Esta vez de felicidad.
—Nunca he estado con un hombre —La pureza de ese amor compartido la transformaba en un cuerpo virginal. Volvía a ser una mujer. Posiblemente alguien más fuerte tras todo ese dolor. Tras una vida en el infierno.
Nunca he estado con una mujer. Nunca he tocado a nadie. Nunca nadie me ha tocado.
Las manos de una madre. Las manos de un barbero. El metálico aliento de un cuchillo. Y luego nadie.
—Olvídate. No pienses. —dijo ella —. Desnúdate.
Directa. Quería ver el cuerpo masculino. En toda su gloria. Ad Gloriam Dei.
Él se desabrochó el camisón que lo cubría. La tela se deslizó por su cuerpo delgado. Fibroso. Con los suficientes músculos para ser comparado con una estatua griega. Con un poco más de alimento y descanso, la carne revestiría cada día más los huesos, los tendones. Un cuerpo sano.
Hermoso. De piel blanca sin mancillar por una capa de vello crespo. Los hombros estrechos se expandían en un pecho levemente musculoso. El hueso de la clavícula y el esternón resaltaban bajo la piel. El vientre plano parecía una tabla de lavar. Las huesudas caderas. Las piernas finamente torneadas. Y su miembro que era mucho más grande que el pene de su esposo. Lo miró asombrada.
—Dios, qué grande es. —dijo ella. Si el pene de su esposo muerto podía causar tal dolor en su útero, ¿qué pasaría con un miembro de tales proporciones?—. No sé si entrará.
Yo tampoco lo sé. Ni siquiera sé que es lo que tengo que hacer.
Juntos rieron liberados. Unos ignorantes en el tema del amor que debían aprender lo que sus cuerpos pedían a gritos. Sonrojados se miraron a los ojos. Perdidos en el sublime momento de compartir un pasado tan doloroso. Un presente tan vació. Un futuro saturado de amor. Una mujer completa. Un hombre completo.
Carlo se tumbó sobre la cama de costado, mirando el rostro de Rose. Acarició su mejilla sedosa. Su cuello suave. Hasta sus pechos. Era perfecta. Aunque su piel mostrase el camino intrincado de numerosas cicatrices. Unas grandes, otras minúsculas imperfecciones.
¿Cómo? Una muda pregunta.
—Siempre utilizaba algo para golpearme. No le gustaba tocar mi sangre. Decía que era sucia, asquerosa. Se alimentaba de mi dolor —consiguió decir ella. Parecía una historia muy lejana en su pasado—. Un palo, un látigo, un garrote. Nunca la mano.
Una de las manos de Rose se deslizó caliente por el pecho del hombre hasta el miembro erguido. Bordeó la carne tumefacta hasta acoger en su palma la bolsa escrotal. Rugosa. Atrofiada. La sopesó. Y aunque vacía en su interior, se encontraba llena de un vigor nuevo e inusitado. Sus ojos preguntaron sin hablar.
No lo recuerdo bien. Me llevó a un barbero clandestino y utilizó un cuchillo roñoso. La mano encima del seno femenino hizo el amago del movimiento de un cuchillo cortando la carne. La infección casi me mata.
—¿Quién te llevo? —pregunto ella. Estaba claro.
Mi madre.
—¿La odiaste?
Antes, ahora te tengo a ti. Fue su respuesta silenciosa.
—Pero yo mate a mi hijo... —Un dedo masculino sello los labios de Rose.
Carlo negó con la cabeza.
Nunca digas esas palabras. Mi madre no me amaba como una madre y sólo fui un medio para llegar a un fin. Tú lo diste todo por ese hijo no nacido. Lo salvaste antes de condenarlo a una vida como la tuya. A una vida como la mía. No mataste a tu hijo, fue tu esposo él que lo mato.
Él sustituyo el dedo que sellaba la tierna boca de Rose, por sus labios dispuestos en un tórrido beso. El instinto tomaba las riendas del control y de los actos del Castrati. Con cada lametón de la lengua, con cada caricia sobre esa piel sedosa, aprendía como tocar a su mujer. Con suavidad. Tenían toda la noche para disfrutar del placer de la pasión compartida. Con exquisitez, recorrió su piel desde el cuello hasta los pies, venerando, asombrado de la oportunidad que la vida le estaba dando. Nunca en toda su existencia creyó encontrarse hechizando a una mujer. Con sus manos. Con su piel. Con su cuerpo. No con el poder de una voz.
El sentimiento de poder que fluyó por sus venas se transformó en una flecha de lujuria que nació de su pecho hasta la ingle. Agitando el miembro con el envite del deseo. Agitando la masa escrotal que, ardiente y pesada, colgaba de la base de su polla.
La boca de Carlo, incansable bebía de los labios de la mujer, sediento, famélico. De amor. La sensación sublime compartida de los labios en contacto, explotada en el estallido de los alientos. De las salivas. De los dientes en contacto. Las lenguas jugaban en batalla mortal para acaparar el máximo de sitio dentro de la caverna bucal. Los besos tórridos. Los besos calientes. Los besos suaves. Eran un grito constante. Un gemido ardiente.
Carlo, vigorizado, necesitaba que el momento se convirtiera en un acto eterno.
No deseo hacerte daño.
—No me harás daño, amor —dijo ella calmando sus pensamientos. Los ojos del hombre eran un portal, una entrada a su mente. En ellos podía ver su alma—. No creo que puedas hacer daño intencionadamente. No es un error que nos amemos, Carlo. Quise arrancarte de mis entrañas, de mi corazón. Pero no puedo. Soy egoísta y no puedo. —Rose acarició sus pómulos, esquirlas todavía bajo la piel—. No te puedo asegurar que durante este hermoso acto, el recuerdo de otro cuerpo sobre mi me deje continuar.
Si necesitas que pare, pararé.
—No. Quiero sentirlo contigo. Necesito sentirlo contigo. Quiero que borres su contacto sobre mí, su piel, su aliento nauseabundo su pene dentro de mí. Desearía que mi cuerpo fuera puro y casto para dártelo plenamente.
No digas eso, amor. Eres pura y casta para mí. Te quiero como eres. Te quiero por como eres. No necesito un cuerpo joven, fértil y virginal. Necesito una mujer que me enseñe a amar. Yo no soy joven, ni fértil y nunca podré darte el hijo que deseas.
—Cuando lo enterré bajo metros y metros de tierra por si volvía a levantarse y buscarme por lo que había hecho, tuve que acudir a un medico. Nunca podré tener hijos.
Ya no había dolor en esas palabras. Tan sólo la constatación de un hecho. Su útero no valía para concebir más hijos pero sí para acoger la polla de un hombre. A Carlo.
¿Dónde debo tocarte?
—Tócame, bésame los pechos.
Él bajó la cabeza sobre el pecho izquierdo. El pezón sobresalía rugoso e impúdico, una cresta de necesidad. El tono rojizo resaltaba el blanco de la piel, las venitas recorrían la carne y parecían desaparecer en ese pezón. Lo sopló juguetón, en un arrebato imaginativo. El pezón se estremeció junto con todo el seno. Junto con el estomago femenino. Los suaves labios masculinos lucharon contra la suavidad del picudo brote. Los labios lo rozaron. Lo torturaron. Suavidad. Frescura. Calor de la carne. Con cuidado intenso tomó el pezón dentro de la cueva caliente de su boca. Mamó como un niño pequeño. Mamó sintiendo que el pecho respondía a la succión hambrienta. Un gemido atrajo sus ojos. Sin dejar de lamer el pecho observó el frenesí de Rose sobre la almohada. La cabeza de la mujer, arqueada con la boca abierta en mudo grito, se deslizaba de un lado al otro. Seducida. Tocada. Amada.
Los dulces ojos castaños se prendieron de los azul oscuro. Desbordados.
¿Te recuerdo a él?
—No. Nunca. —respondió ella.
Dime qué quieres que haga ahora.
—Acaríciame entre las piernas.
Carlo miró el monte cubierto de sedoso pelo. Se arrodilló entre las piernas abiertas de la mujer. Sus manos subieron acariciando el interior de los lechosos muslos hacia el centro de su vagina. Los abrió. Los líquidos labios brillaban en la oscuridad iluminada por la luz plateada que se colaba por las contraventanas. Lúbricos. Especiados, desprendían un olor picante. Untuoso. Caliente.
¿Puedo probar?
Sentía el deseo de enterrar su lengua en la consistencia lechosa de la vagina. Los labios sonrosados lo llamaban a gritos. Eran tan diferentes a los labios de una boca, pero tan similares en su humedad. En la petición de ser llenados. Por una boca, por una lengua, por un miembro. La piel era sonrosada en esa parte de Rose… como su nombre. Utilizó los dedos para abrir sus lujuriosos labios, para verificar la humedad ardiente.
¿Puedo probar? Como un niño.
—Oh, sí…sí —Rose no podía imaginarse las sensaciones que recorrían su cuerpo. Ni en un millón de años hubiera pensado que el compartir un cuerpo fuera tan placentero. Tan ardoroso. Saltó en la cama al percibir la suave lengua del hombre en sus labios inferiores. Besando la carne. Lamiendo el rico maná líquido que brotaba del orificio de su vagina—. Carlo…
Sabes a rosas como tu nombre. Quiero alimentarme de ti.
—Yo también quiero probarte.
Cambiaron posiciones sobre la cama. Él tumbado. Ella sobre él, entre sus piernas.
La boca calurosa de Rose, cayó en picado sobre el miembro. Acariciando el glande tumefacto como una ciruela gigante. El tronco venoso saltaba sobre su lengua. Mojó toda su longitud con el calor de su saliva. Del pequeño orificio que coronaba la cabeza pulsante, brotó una gota fluida. Una lágrima ante su contacto. Un ansia llorosa de roce.
Carlo sentía el fuego de la boca femenina sobre su polla. Esa polla bárbara. Guerrera. La cueva cavernosa, los dientes afilados que rozaban la piel inflamada provocaban un placer inigualable. Quiso cantar en libertad, quiso gritar la sensación. La piel atrofiada del escroto ardía queriendo liberar la semilla. Su polla se erguía colosal sobre el vientre. Atendida y lavada por la boca de la mujer. Segando el pasado. Segando el presente. Sólo era sensible al momento. A la actualidad. Al yo. Al ahora. A Rose.
—Sabes a mar, a pura sal, y a un leve regusto picante. Estoy mojada de tu boca. Estoy mojada y preparada para que me penetres. Te quiero dentro de mí.
Volvieron a cambiar las posiciones. Ella postrada en la suavidad de las sabanas. Él entre sus muslos abiertos.
—Súbete encima de mí —dijo ella.
Los testículos atrofiados colgando de su carne se estremecieron ante las palabras de la mujer.
¿Y si te recuerdo a él?
—Entonces encontraremos la forma. Él no puede vencernos. Penétrame.
Rose, valiente Rose.
Las manos femeninas colocaron la cabeza pujante justo en el portal de su sexo. La cabeza lubrica, levemente penetraba la entrada de la vagina. Rose se acomodó, levantando los muslos para envolver las caderas finas y huesudas. Se preparó para la penetración. Se preparó para la laceración de la carne. Para no gritar.
—Debes entrar, Carlo. La unión no será completa hasta que no lo hagas.
Carlo bombeó las caderas. Su polla fue envuelta en el líquido calor de la vagina. Se enterró hasta la base de su miembro. La cabeza fue lo primero en entrar, abriendo paso al tronco. Los anillos vaginales. La expansión de las paredes en una pequeña gruta donde su polla se encontraba en el hogar tan ansiado.
Eran uno. Dos mitades. Un medio hombre. Una mujer incompleta.
Ahora: un hombre y una mujer. Completos.
Rose aguantó la penetración estoicamente. Sus ojos se cerraron al percibir la incursión de Carlo dentro de ella. El dolor. El desgarro de la carne fue tan sólo un leve resquicio. Gimió ante el placer de sentirlo dentro.
—Carlo… —Todos los años pasados en un matrimonio infeliz no la habían preparado para la penetración del hombre elegido. Amado. Deseado. El placer se desplazaba en pequeñas ondas desde su vagina llena del calor del hombre, hasta el centro de su vientre. Las paredes liquidas de su vagina, extasiadas, ondulaban sin precisión en el movimiento, sobre el tronco venoso. Sobre el glande. Los testículos atrofiados rozaban la parte inferior de su vulva, en la unión de sus muslos. Suavemente. Delicadamente. La polla dejaba una huella impresa en el interior de su sexo. Quemante. Lava ardiente.
La primera penetración constato el hecho de que estaban hechos para este momento. Para los venideros. Para un futuro. Juntos.
Rose sintió la dulce sensación de ser abierta en canal. De sus paredes anilladas esperando la próxima penetración. Dulce. Indeleble. Ascuas fundidas.
Eres una caverna húmeda y caliente. Como lluvia cálida de verano.
La sensación liberadora. Libre de un pasado tatuado en la piel por las innumerables cicatrices que su cuerpo portaba. Por cada golpe. Por cada insulto. Por cada violación. La liberación de su espíritu encerrado en un cuerpo señalado con látigo y fuego, se elevó hacia el techo de la habitación. Llena de deseo, del olor propio de los fluidos excitados. Arrancando el alma en una única incursión de la carne dentro de mas carne. Liquida. Maravillosa.
Te quiero. Fue un grito silencioso dentro de su cabeza. Para su hijo.
Las manos femeninas acariciaron el rostro tenso del hombre paralizado por la primera sensación de estar dentro de un cuerpo. De una mujer. De ella.
—Te amo, Carlo. Te amo.
Yo también te amo, Rose. Yo también te amo. Silencio. Mudez. Pero expresado con amor en sus ojos. En las profundidades azul oscuro que, como los ojos de un niño, revelaban sus pensamientos igual que si estos fueran gritados al viento.
—Sal y entra, amor. Forma parte de mí. En mi interior. En mi necesidad de ti. Ad Gloriam Dei.
Sí, mi precioso amor. Ad Gloriam Dei.
Carlo salió por completo del cuerpo de la mujer. Para volver a sus profundidades liquidas y perderse en el calor del útero femenino. El instinto de un macho con su hembra tomó dominio de Carlo. Necesitaba entrar. Salir. Entrar. Más rápido. Más profundo. Más lleno. Marcar la matriz con su semilla o lo que fuera que sus testículos atrofiados y ese guerrero portentoso que era su polla, portaran en su interior, que lo provocaban a sellar los labios vaginales de Rose, con el tronco venoso de su miembro. Llenar. Llenar hasta que su semen brotara en una fuente continua del sexo de Rose. Suyo.
El movimiento pronunciado y ágil de las caderas masculinas se unía al agitar estremecido del vientre de la mujer. Convulso. Lubrico. Y excitante. La penetración. La salvación. La expiación de los pecados. El perdón fluido y vertiginoso de la sangre en el pleno contacto de sus sexos. En el ardor de sus genitales. En el picante rugir de dos cuerpos insaciables.
Carlo se sintió volar. Tomar el aire en tórridos latidos del corazón. En el latir de un útero. En el palpitar de un pene.
El vuelo ascendió hasta las nubes. Hasta el mismísimo Cielo. Sus caderas no pararon de bombear a un ritmo frenético sobre el cuerpo dulcemente abierto de Rose. Bombear. Penetrar. Erradicar la incomparable necesidad de verter su alma en lo más profundo de Rose. Los chorros de fluido espermático lo tomaron por sorpresa. Nacían de sus testículos segados. Recorrían su tronco venoso, hasta la propulsión majestuosa tras traspasar la cabeza bulbosa del glande, abriendo el pequeño orificio. De su boca se elevo al Cielo un grito silencioso, purificador. De éxtasis.
Rose se elevo en ese Cielo. Un cielo extático de placer. No había dolor. No había golpes. No había laceraciones de la carne. Tan sólo el esplendido clímax de sentirse rellenada con el viscoso fluido de Carlo. Su esencia primaria.
Es la primera vez que toco el Cielo. Mi voz sólo era un regalo para otros. Nunca para mí. Gracias, hermosa Rose.
—Es la primera vez que yo también lo toco de esta forma. Amado Carlo. Gracias.
Te amo, Rose.
—Te amo, Carlo. Il Cavaliere.
Nunca más seré Il Cavaliere.
—Para mí siempre serás Il Cavaliere. Y Carlo. Sois una misma persona. Un mismo hombre.
Emocionado abrazó con fuerza el preciado Regalo que Dios le había concedido. La voz, su Don, estaba muerta. Il Cavaliere formaba parte de él. Dentro de lo profundo de su alma. Encerrado sin poder salir jamás, ya que no había voz para que se expresase liberado. Pero seguiría formando parte de él, como su estomago, intestino, hígado… corazón… un conjunto sinuoso. Un hombre.
Il Castrati.
Las respiraciones mutuas, unidas en el fragor de la pasión compartida, consiguieron que los dos cuerpos sudorosos sobre la cama entraran en un letárgico sueño. Placido.
Un castrato.
Una mujer.
Y el amor, que todo lo puede. Completar a un hombre. Completar a una mujer. Y unirlos en un futuro provechoso, ardiente y necesitado.
Transformando a un hombre que no era hombre. Medio hombre.
Llenando a una mujer que no era una mujer. Vacía.
Las ratas no se alimentarían de ninguno de los cuerpos, por muchos años.
Ad Gloriam Dei.

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